Delegación del desgobierno #ElDesGobiernoDelPP

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Estimado, o no, establishment:

Prohibir es poner límites. Pero cuando este acto tiene una afectación sobre el espacio público no debería ser algo que naciese del capricho o de la ideología de una sola persona. Yo me prohíbo a mí mismo determinados alimentos hipercalóricos pero jamás prohibiría a nadie que se zampara veinte Whoppers seguidos, regados con tres litros de cerveza. Lo único que haría es procurar estar lejos de su aliento. A no ser que yo fuera un vendedor de elixir bucal dispuesto a ofrecerle mis productos. La pela es la pela.

Repito: prohibir es poner límites. Estos límites se deciden en base a un pacto social (la democracia de la antigua Grecia, el derecho romano y la Ilustración francesa sirvieron para algo más que para provocar que algunos concursantes de “Ahora caigo” prueben la trampilla ante preguntas sobre Historia). Los pactos sociales cambian con el tiempo, se adaptan a nuevos valores, a nuevas formas de concebir lo público. Al final, es el legislador, como sujeto en delegación del poder que emana del pueblo, quien pone esos límites a través del ordenamiento jurídico. Cierto. Esto es así. El legislador se puede equivocar o puede acertar en esos intentos de adaptarse a las necesidades de la sociedad de regular aquello que es público. Si se equivoca mucho, uno tiene la esperanza de que la sociedad se dé cuenta y delegue ese poder en estructuras y personas más capaces.

El mayor problema de todo este embrollo ético-moral-legislativo nace cuando el legislador y toda la maquinaria ideológica que lo sustenta pretende que los valores se inviertan; cuando, llevado por intereses electorales, fanatismo o nostalgia de váyase a saber qué, pervierte el lenguaje para que lo que en realidad es blanco parezca negro. Por ésta y por otras razones, a veces hay que hablar de obviedades, no sin antes evitar que nuestras caras enrojezcan por tener que mencionar hechos tan meridianamente claros. Por lo tanto, afirmo:

  • El régimen franquista se estableció con toda su fuerza después de un golpe de estado contra un gobierno democrático y una guerra fratricida de tres largos años.
  • Para ganar esta guerra el bando golpista recibió la ayuda del régimen fascista italiano y del régimen nazi alemán.
  • Después de la guerra, los diferentes gobiernos franquistas reprimieron a la población utilizando en numerosas ocasiones la violencia. Se mataron a muchos seres humanos a causa de sus ideas.
  • El Partido Popular es la Alianza Popular 2.0, partido fundado por franquistas (el más conocido, Manuel Fraga).

Esto es así, como que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, el café es excitante y Kiko Rivera jamás será más guapo que George Clooney (quizá sólo el 30 de febrero).

Por lo tanto, si la inmensa mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que la violencia que condujo a esos regímenes no debe ser la forma de negociar el espacio público:

  • Se debería prohibir cualquier tipo de manifestación pública de nazismo.
  • Se debería prohibir cualquier tipo de manifestación pública de fascismo.
  • Se debería prohibir cualquier tipo de manifestación pública de franquismo.

Sin ninguna duda, sin ninguna coartada, sin ninguna excusa. Que se detenga a unos titiriteros por un espectáculo de marionetas y, en cambio, se permita un video mapping con los rostros de Franco y Himmler es una VERGÜENZA. Que en los campos de fútbol se puedan exhibir banderas franquistas es una VERGÜENZA. Que se permita una manifestación neonazi en Madrid es una VERGÜENZA. Y, teniendo en cuenta estos antecedentes, que se prohíba la exhibición de unas esteladas en un país en el que según el artículo 20 de la Inmaculada Constitución “se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción” no es una vergüenza. Es, directamente, una IGNOMÍNIA. Y más, teniendo en cuenta cómo se les llena la boca a algunos hablando de la Constitución.

Detrás de la estelada NO HAY VIOLENCIA. No la hay. ¿Repito? Detrás de la estelada NO HAY VIOLENCIA. La estelada no representa a ningún régimen dictatorial, represivo o totalitario que haga uso de la violencia. Detrás de la estelada no hay campos de concentración, cámaras de gas o soluciones finales. Detrás de la estelada no está el garrote vil, ni fusilamientos en el castillo de Montjuïc, ni represión policial. Detrás de la estelada hay una protesta pacífica y una petición de un referéndum de autodeterminación que, por cierto, ni llega, ni se le espera. Digámoslo claro de una vez porque se está entrando en la dinámica peligrosa de que el culpable se convierte en víctima y la víctima en culpable. Si damos por supuesto que esto debe ser así, si pensamos que los valores ya se han invertido del todo, y que la noche es día y lo blanco es negro, lo mejor es hacer un reset y empezar de nuevo porque esto no es, ni de lejos, una democracia. Y, además, no se parece en nada a ningún pacto social. Prohibir la exhibición de esteladas no es poner límites para mejorar la convivencia, es excluir la libertad de expresión del ineludible marco de derechos y libertades, y a una parte de la población.

Àlex

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