Las semillas de la violencia

niños

El prólogo del magnífico ensayo “Las semillas de la violencia”, escrito en 1995 por Luis Rojas Marcos, no deja lugar a dudas:

La agresión maligna no es instintiva sino que se adquiere, se aprende. Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia. Estas simientes se nutren y crecen estimuladas por los ingredientes crueles del medio hasta llegar a formar parte inseparable del carácter del adulto. Los seres humanos heredamos rasgos genéticos que influyen en nuestro carácter. Pero nuestros complejos comportamientos, desde el sadismo al altruismo, son el producto de un largo proceso evolutivo condicionado por las fuerzas sociales y la cultura (…) La violencia cruel, sin embargo, es la forma más inferior y primitiva de poder, porque sólo se puede usar para castigar, para destruir, para hacer daño”.

Es fácil dejarse llevar por el desánimo. Que alguien haya escrito la frase: “muerte a los niños de sillas de ruedas. Hait (sic) Hitler” en un colegio de educación especial de Fuenlebrada seguro que a la inmensa mayoría nos remueve las entrañas. Otras pintadas como “minusválidos de mierda” y “tontos, mongolicos, retrasados” nos pueden provocar indignación, asco y la sensación de que todo se va a pique.

Hoy, por las calles de Barcelona han desfilado banderas franquistas, águilas y nazis. Hoy, en las calles de la preciosa ciudad de Barcelona, un grupo de unas mil personas han mostrado su agresividad estética para glorificar a dictadores. Hoy, en esta ciudad turística, cosmopolita, tolerante e integradora se han manifestado unas personas que creen en el trasfondo ideológico de esas pintadas del colegio de Fuenlabrada. Porque Hitler y sus seguidores creían (creen) en la supremacía racial y por eso se practicó la eugenesia, una serie de políticas sociales que buscaron una supuesta mejora de la raza. Estuvo dirigida a aquellos seres humanos (repito, seres humanos) que los nazis identificaron como una “vida indigna de ser vivida” (en alemán, Lebensunwertes Leben). Las medidas de higiene racial incluyeron, aunque no se limitaron, a los delincuentes, enfermos mentales, discapacitados físicos, disidentes políticos, pedófilos, homosexuales, haraganes, dementes, religiosos y débiles para, de esta manera, eliminar la cadena hereditaria. Y sí, hoy algunos de los seguidores de esta “filosofía de vida” estaban en Barcelona. Con sus banderas, sus cánticos, su mirada agresiva, su actitud intolerante, su desprecio a los proyectos integradores, su incapacidad para comprender y amar la diversidad, su miedo a la libertad, su nula sensibilidad ante los colectivos desfavorecidos y, en suma, su manifiesta aversión a un modelo social que apueste por la convivencia. Cuando la delegada del gobierno de Madrid se atreve una semana antes a demonizar las esteladas, en Barcelona se pasean orgullosos aquellos que defienden el holocausto. ¿Es ésta la gran derrota de la democracia o este hecho demuestra que la democracia permite que incluso ellos se manifiesten?

Creo que en el pacto social hay cláusulas que no deberíamos firmar. La más importante es aquella que, bajo un derecho básico como la libertad de expresión, permite que un grupo de personas realice, de una manera tan pública y sin ningún tipo de censura, una exhibición sin complejos de fascismo. Esa línea no la deberíamos traspasar. Porque en ese territorio se están abonando las semillas de la violencia. En ese territorio cabe el ejercicio de, en palabras de Rojas Marcos, “la forma más primitiva de poder, porque sólo se puede usar para castigar, para destruir, para hacer daño”.

Todos conocemos la estremecedora historia de Ana Frank, la niña judía que estuvo recluida durante dos años en un antiguo almacén de Amsterdam para evitar ser deportada por los nazis. En días como éste, en el que el pesimismo nos puede llevar a la indignación y ésta a la agresividad, es bueno recordar lo que dijo una niña de trece años en su famoso diario:

Es difícil en tiempos como estos pensar en ideales, sueños y esperanzas, sólo para ser aplastados por la cruda realidad. Es un milagro que no abandone todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón”.

Àlex

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