Como en las pelis cursis de los sábados por la tarde

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Ya no estoy tan seguro de querer conocerte. Lo sé todo sobre ti. Está en Facebook, en Twitter, en Google+, en Instagram, en LinkedIn, en Pinterest, en Flickr y en YouTube. Conozco a tus exnovios. Fotos de lugares maravillosos. Besos en playas lejanas. Amor compartido con el mundo. Sé dónde te rompiste la pierna, dónde tus ojos se posaron sobre el mar por primera vez, dónde acariciaste a un delfín. Felicidad de likes y retuits. Sé en qué piensas cuando estás sola. Te imagino agarrada a tu móvil, con la cara iluminada y tu mirada navegando por otras vidas. Y yo no estoy en ellas. Sólo un saludo, un buenos días o una espera cuando el café de la máquina sale humeando.

Tu vida pertenece al mundo. Hay sonrisas geolocalizadas, comentarios frívolos, pensamientos fugaces con menos de 140 caracteres. Hay soledad en la ciudad que no nos quiere y una extraña sensación de haberlo vivido antes.

Ya no sé si quiero conocerte. Ya tengo la información que necesito. Sé cuáles son tus grupos favoritos, qué lees, dónde compras, a qué escritores sigues y en quién sueñas cuando todo es tan fácil de encontrar en Google y tan difícil de ponerlo en práctica. He visto tus videotutoriales maquillándote y el gato que se acurruca en un selfie imposible. Te he visto llorar con “Fix you” y he deseado susurrarte al oído: lights will guide you home. And ignite your bones. And I will try to fix you. Y he saltado al lado de tu cama cuando Steve Hogarth canta “Neverland”. Juntos hemos leído a Foster Wallace y nos hemos sentido viejos con Murakami. Juntos nos comimos las uvas aquel fin de año que parecía el último. Te veo en Periscope beberte un Frappucino con tu nombre mal escrito y cómo giras el móvil para romperte de guapa. Veo cómo crecen tus seguidores en las redes y cómo nos atrapamos todos en ellas, como peces sacados de su vida en el fondo de algo.

Y ya no estoy tan seguro de querer conocerte. Porque la vida que hay detrás de todos nosotros ha dejado de pertenecernos para ser de dominio público. Hubo una vez un científico que dijo que el amor era un torrente de hormonas recorriendo nuestras venas. Pero no quiso darse cuenta que despreciaba la magia de un encuentro que se anclaba al tiempo con promesas de algo por llegar. Por eso, te pido que guardes algo para el día en el que te quedes sin moneda para el café y me atreva a romper el hielo invitándote. Quizá te pregunte tu nombre y quizá te reserves para mí una de tus sonrisas de los selfies, cuando el mundo estalla en tus retinas y quieres que el amor vuelva a ser como en las pelis cursis de los sábados por la tarde.

Àlex

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