El cava, para los catalufos separatistas #CarlosBardem

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Estimado, o no, Carlos:

Ya sé que la frase que pronunciaste estaba en un guión. Soy consciente de que interpretabas a un personaje. Y no me disfrazo con la cantidad necesaria de neurosis para no saber separar la ficción de la realidad. Sin embargo, hay una pregunta que me quema el teclado y que debo hacerte: ¿era necesario? Me explico, ¿era necesario prestarte a ese juego? ¿Era necesario utilizar esa expresión de catalanofobia en la construcción del personaje?

Huelga decir que si un día interpretases a Patrick Bateman o a Jean Baptiste Grenouille nadie debería pensar que eres un asesino en serie, pero tengo la impresión que, una vez que el insulto y la xenofobia han conquistado definitivamente las redes sociales, las tertulias y la prensa, el siguiente paso era la ficción. Pues bien, ya has plantado la primera semilla. Enhorabuena.

Te recomiendo el visionado de un magnífico documental llamado “El celuloide oculto”. Se trata de una película, dirigida por Rob Epstein en 1995, que analiza cómo el cine ha reflejado la homosexualidad a lo largo de su historia. La sensación es que la ficción ha demonizado, ha ridiculizado y ha distorsionado la figura del homosexual. A veces esta homofobia es muy explícita. En otras ocasiones, sin embargo, las reprimendas morales a la homosexualidad son más sutiles, quedan en subtextos de guiones escritos con la tinta de quien considera la heterosexualidad como la norma que no se debe abandonar.

Spike Lee, en su proyecto cinematográfico del 2000, Bamboozled, realizó un ejercicio parecido. Sin embargo, él se centró en el racismo subyacente en los medios de comunicación americanos.

Si te soy sincero, echo de menos una producción cinematográfica que analice cómo los medios de comunicación españoles se permiten, en ocasiones con todo lujo de insultos, las más grotescas exhibiciones de catalanofobia, que no deja de ser una forma de xenofobia.

Para defenderte de la frase de la serie, en tu cuenta de Twitter afirmas lo siguiente: “es, sin duda, despectivo. Racista no, no creo que haya diferencias raciales, sino culturales y políticas”. Si tu personaje hubiese querido destacar su rechazo a los independentistas en base a diferencias culturales o políticas, se hubiese limitado a decir: “el cava para los independentistas”. Si se hubiese querido destacar su mentalidad fascista, podría haber vertido un comentario del tipo: “el cava para las ratas independentistas”. Pero, no, ahí estaba la maravillosa palabra “catalufo”, el neologismo utilizado en esta oleada de catalanofobia que nos inunda. Negrata, moro, panchito, maricón, soplanucas… la imaginación que tienen los fóbicos es realmente prodigiosa cuando se trata de menospreciar a personas. Lo malo es que, muchos de los que os habéis destacado en España por defender los derechos de los colectivos atacados por la derecha rancia y casposa, habéis dimitido de defender los derechos de los catalanes (y no hablo sólo de los independentistas, ya que te recuerdo que hay decenas de leyes aprobadas por el parlamento catalán que han sido suspendidas por el Tribunal Constitucional). ¿Dónde estáis entonces? ¿Dónde estáis para defender a los trabajadores cuando se suspende la Ley contra la pobreza energética, por poner un ejemplo? Para un demagogo sería muy fácil decir que estáis en un plató brindando con champán y no con cava de los “catalufos independentistas”. Evitaré esa tentación, pero ganas no me faltan.

Al final, hay dos problemas: el primero es que se normalice la catalanofobia, que se entienda como algo habitual en los medios de comunicación. El segundo es que, ante la inversión de esos valores, ni siquiera tengamos derecho a la queja porque, ya se sabe, los catalanes somos todos unos victimistas. Permíteme, eso sí, que te formule una pregunta: ¿crees que hubiese pasado desapercibido que en TV3 cualquier personaje de una serie de ficción hubiese dicho: no bebo gazpacho como los vagos andaluces o no como callos de chulos madrileños? A mí, desde luego, no me hubiese gustado. Creo que a los andaluces y a los madrileños, tampoco.

Àlex

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