Carta a los ancianos

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Estimados ancianos:

Os escribo para pediros un favor. Ya sé que en demasiadas ocasiones no se cuenta con vosotros. Por lo que a mí respecta, no os hago llegar estas palabras con ninguna doble intención. Al contrario, os las dedico adjuntando en ellas el deseo de que se os escuche.

¿Y cuál es el favor que os pido? Hablad con vuestros nietos. Intentad captar su atención (con los niños es más fácil de lo que parece a simple vista) y explicadles vuestra historia. Pero no la historia oficial. Olvidaros de la narrativa que se ha transmitido distorsionada por váyase a saber qué intereses. Me gustaría que les explicaseis vuestro relato personal, vuestro viaje por aquél país que no supo ser y que ahora apenas se reconoce.

El tiempo pasa y estamos perdiendo poco a poco a los que son historia viva de aquello que fuimos como sociedad. Se nos va la memoria, la poca que nos queda a causa de aquél pacto de silencio que se firmó como salida a unas heridas que no se cerraron. Por eso os pido que habléis con vuestros nietos. Explicadles lo que recordéis de aquellos bombardeos, de los refugios, de las cartillas de racionamiento. Estoy seguro de que os mirarán con los ojos abiertos y de que os harán un millón de preguntas. Respondedlas con orgullo, con la dignidad de ser un libro abierto de Historia.

Ya sé que se han escrito centenares de novelas, que hay fotografías y una extensa filmografía pero el valor de vuestra conversación con los nietos es que la narración está contada en primera persona. Quizá erais muy pequeños cuando la aviación alemana volaba encima de vuestras cabezas. Quizá ni siquiera habíais nacido aquél día de julio del 36. Pero, de alguna manera, vivisteis aquella España de blanco y negro, de turistas alemanes, tópicos y carreras ante los grises.

Hay algo que debería ser una obligación para todos los educadores: lograr que los niños crezcan con la idea de que todos somos únicos, irrepetibles, el mejor regalo del azar. Y de que esa unicidad, de que esa imposibilidad de que se den dos vidas iguales en dos personas diferentes, nace el valor de los relatos. Nuestra historia personal, nuestro relato vital es valioso precisamente porque es único. En un país que sufrió una traumática guerra civil, una postguerra y una dictadura, existe un patrimonio narrativo impresionante. Y ese patrimonio habita en cada uno de vosotros. Por eso, os pido este favor. Hablad con vuestros nietos. Que no sea Bob Esponja, ni Mickey Mouse quienes llenen su cabeza con narraciones. Hablad con vuestros nietos y sed vosotros mismos un museo viviente de experiencias. Será una lección que jamás olvidarán.

En “Las mil y una noches” se explica que el sultán Shahriar desposaba una virgen todos los días y mandaba decapitar a la esposa el día siguiente. Después de haber matado a tres mil mujeres, conoció a la bella Scheherezade. Hija del gran visir de Shahriar, se ofreció al rey, en contra de la voluntad de su padre, con el fin de aplacar su ira. En las cámaras reales, inició una narración que duró toda la noche. Scheherezade mantuvo así al rey despierto, que escuchó con asombro e interés la primera historia, de modo que le pidió que prosiguiera el relato. Scheherezade se valió de la llegada del alba para postergar la continuación hasta la noche siguiente. Shahriar la mantuvo con vida ante la perspectiva de la narración por venir. El mismo acontecimiento se repitió durante mil y una noches, encadenando los relatos uno tras otro. El rey se dio cuenta de que gracias a ella había sido educado sabiamente en moralidad y amabilidad. Ojalá seáis eso para vuestros nietos: la posibilidad de que los relatos expliquen de dónde viene este país. Y es que la amnesia no ha acabado de funcionar.

Àlex

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