El hada de la coleta

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Hace mucho, mucho tiempo, antes de que los hombres y sus ciudades llenaran la Tierra, antes incluso de que muchas cosas tuvieran un nombre, existía un lugar misterioso custodiado por el hada de la coleta. Justa y generosa, aunque adicta a las tertulias y a escucharse a sí misma, todos sus vasallos siempre estaban dispuestos a servirle. Y cuando unos malvados populares amenazaron la sanidad y la enseñanza, recortaron las ayudas sociales, privatizaron beneficios y socializaron pérdidas, muchos se unieron al hada y al poder mágico de sus polvos (no hay doble sentido aquí… o sí). El hada, además, dibujó con su varita una línea roja en el cielo de sus amigos del nordeste.

  • ¿Veis esta línea roja? No es pimentón para un drogata daltónico. Es el referéndum. Respetaré el referéndum que salga del Parlament de… ¿algo parecido dijo antes el hada de las cejas, ¿no?

Sus seguidores le miraron extrañados pero, aún así, accedieron a acompañarle en un peligroso viaje a través de programas de televisión, mítings y estancias en Venezuela en busca del pacto con los socialistas. Todos buscaban acabar con la casta y las puertas giratorias. Además, la línea roja del referéndum se convirtió en la brújula para los seguidores del nordeste.

El hada advirtió de los peligros y dificultades, de lo difícil que sería aguantar todo el viaje, pero ninguno se asustó. Sólo un tal Monedero se acurrucó en su guarida del reino de Twitter y dejó que los demás siguieran su viaje. Todos prometieron acompañarla hasta donde hiciera falta, y aquel mismo día, el hada y sus 50 más leales vasallos comenzaron el viaje. El camino fue aún más terrible y duro de lo que había anunciado el hada. Se enfrentaron a bestias terribles, a portadas de la caverna, a los malvados Marhuenda e Inda y al guapo Rivera que enseñaba a pescar gratis a sus seguidores del sur. Caminaron día y noche y vagaron perdidos por el desierto, sufriendo el hambre de titulares y la sed de notoriedad. Ante tantas adversidades muchos se desanimaron y terminaron por abandonar el viaje a medio camino, hasta que sólo quedó uno, llamado Domènech. No era el más valiente, ni el mejor luchador, ni siquiera el más listo o divertido, pero continuó junto al hada hasta el final. Cuando ésta le preguntaba que por qué no abandonaba como los demás, Domènech respondía siempre lo mismo. “os dije que os acompañaría a pesar de las dificultades. Sólo debo mirar la línea roja del cielo para recordar por qué estoy aquí. Un referéndum pactado es mi guía. No voy a dar media vuelta sólo porque haya sido verdad que iba a ser duro”.

Gracias a su leal Domènech pudo el hada por fin proponer el pacto, pero el monstruoso Guardián socialista no estaba dispuesto a entregárselo. Entonces Domènech, en un último gesto de lealtad, se ofreció a cambio del pacto y se quedó al servicio del Guardián por el resto de sus días. Rompió su carnet y se pasó al bando socialista. Desde entonces lo ven perdido en la fiesta de la rosa de Gavà, buscando la sombra de los árboles mientras el simpático gnomo de cara sonrosada baila al ritmo de Queen.

La poderosa magia del desencanto político permitió al hada de la coleta regresar al lago y expulsar a los malvados populares, pero cada noche lloraba la ausencia de su fiel Domènech, pues de aquel firme y generoso compromiso surgió un amor más fuerte que ningún otro. Y en su recuerdo, queriendo mostrar a todos el valor de la lealtad y el compromiso, borró la línea roja del cielo, no vaya a ser que algunos recordasen la promesa de un referéndum. Y colorín, colorado, el cuento del referéndum se ha acabado.

Versión libre del cuento “El hada y la sombra” de Pedro Pablo Sacristán (espero que el autor no se moleste. Es sólo una bromita).

Àlex

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