El niño que escuchaba a Parchís

zorua

Estimada, o no, Zorua:

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Cuando era pequeño tenía muy mitificado el mundo de los adultos. Bueno, en aquella época también me interesaba la música del grupo Parchís, pero lo negaré ante la luz del flexo de cualquier comisaría. Lo cierto es que me gustaba escuchar a los adultos. Me sentaba a su lado en las sobremesas y ponía atención a todo lo que decían. La mayoría de conversaciones eran banales, intrascendentes, escritas con tramas diarias de rutinas y monotonía. Sin embargo, percibía cierta magia en ellas. Era como si los adultos reservaran secretos inescrutables para el niño que fui. Los años me descubrieron que el único secreto que guardaban era el sexo. Otro día te explicaré cómo fue la clase de ciencias naturales en sexo de EGB (ups, quería decir sexto) en la que tuve la sensación de ser el único pardillo que no sabía nada.

¿Por qué te explico esto? Porque lo que mitifico ahora es la infancia. No recuerdo haber odiado nada. Era un sentimiento totalmente ajeno. Estaba fuera de juego en esa época de descubrimientos, de auténtico gozo por la vida. Ya sé que no todas las infancias son iguales y que algunas esconden toneladas de dolor provocadas casi siempre por adultos. En mi caso, veo la infancia como un espacio negado al odio (siempre y cuando no sea a las verduras, cosa habitual entre los niños).

Tengo la sensación de que hemos abierto demasiadas cuentas corrientes en las que guardamos sentimientos negativos como si ése fuese el tesoro más preciado de nuestra vida. Hacemos ingresos a diario de nuestros rechazos, de nuestros prejuicios que luego invertimos en tuits cargados de odio. Nos afirmamos ante el mundo como personas que odian. A veces esos odios resultan especialmente crueles: odio a los africanos, a los chinos, a los homosexuales, a las mujeres o a los hombres… y odio a los catalanes, por supuesto. Es como si hiciéramos fotos a la vida y nos quedáramos con el negativo. Lo vemos todo al revés. Y a través de ese ejercicio de negatividad, construimos grupos, pero no de apoyo sino de rechazo. ¿Te quiero en mi grupo porque odias lo mismo que yo? ¿Quiero conocerte y establecer proyectos comunes porque odiamos lo mismo? No, definitivamente cuando éramos niños no éramos así. Tendíamos a jugar con niños que tenían aficiones comunes a las nuestras como jugar a fútbol, al escondite, hacer montañismo o leer a Enid Blyton. Pero no recuerdo haber formado ningún grupo que odiara a los negros, o a los gallegos, o a los homosexuales, o a los fans de Torrebruno. Al menos, mi infancia no fue así.

Por eso, si algo le pido a la vida, ahora que pronto cumpliré 49, es que no me enseñe a odiar. Quiero que me siga enseñando a amar, la música, el cine, la literatura, la pintura, los ojos de mi hija abiertos de par en par al mundo.

¿Odiar? Cuando me muera no quiero que mi última frase empiece con un “odio…”. Zorua, ponle alegría a la vida. Bé, com diem en català: posa-la hi… posa-en-la… posa’n-la-hi… Què macos són els pronoms febles!!!

Àlex

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