Isabel San Sebastián y la insoportable levedad del ser

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Estimada, o no, Isabel:

Aunque no me gusta hacer comentarios cuando se producen circunstancias como las de Munich por respeto a las víctimas, no he podido evitar hacerte llegar esta carta para expresar mi admiración por tu resiliencia. De verdad, envidio tu capacidad para sobreponerte a las circunstancias adversas. Que el pasado viernes a las 22:04 tu islamofobia te llevase a olvidar la prudencia de todo buen periodista y que a las 22:42, al darte cuenta de la metedura de pata, le hicieses ese regate a una humilde disculpa, es de admirar. Si un día se produce un eclipse de sol no anunciado por los astrónomos, sin duda serán tus ovarios hinchados de orgullo. Le vas a pegar un viaje a los anillos de Jupiter que van a parecer el último peinado de Cristiano Ronaldo. ¡¡¡Olé tus güevos!!! Es como entrar disfrazado de Bob Esponja en una convención de expertos en funerales y, al observar la confusión, gritar ¡¡¡¡Patricio!!!!

Quizá esté equivocado pero creo que uno de los valores más importantes en cualquier profesión es la humildad. Somos humanos (unos más que otros, también es cierto). La humanidad nos concede a priori valores como la prudencia, la sensatez y la humildad. Ser prudente es un valor. Esperar a tener más información es importante para cualquier persona e imprescindible para todo periodista. La sensatez nos permite elaborar juicios basados en certezas y no en rumores o, peor aún, en fobias. Y qué decir de la humildad. Ser humilde consiste en publicitar que eres imperfecto, en pedir disculpas y, sobre todo, en no autoelegirte como tótem moral.

He tenido la suerte de conocer a directores de cine, realizadores de televisión, escritores, fotógrafos, pintores de una genialidad incuestionable. Y todas estas personas eran humildes con su trabajo. Aún siendo profesionales de reconocido prestigio han hablado de su obra con una humildad impresionante. Repito, quizá esté equivocado, pero la prepotencia que subyace en algunos periodistas de aquí y de allá lo único que provoca es vergüenza ajena. Al final, la única solución que encuentran es gritar ¡¡¡¡Patricio!!!! ¿Que lo que tienes no son hemorroides? Da igual. ¡A muerte con el Hemoal!

Àlex

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