Ombligocentrismo

marhuenda

Estimado, o no, Paco:

Hoy vengo a hablarte del ombligo. Maravillosa parte del cuerpo es el ombligo. Redondito. Con diferentes formas dependiendo del estilo costurero del profesional que asistió el parto. El ombligo es el gran desconocido, juntamente con el codo, otro gran olvidado al que solo recordamos cuando nos damos un golpe o cuando lo hincamos en la mesa para estudiar. Mirarse el ombligo resulta una actividad relajante, equiparable a situar la mirada en las olas que se rompen en unas rocas o en un acuario de peces de colores. Hay ombligos respingones y otros que desaparecieron hace años en las cavidades de una barriga cervecera. Ombligos que harían las delicias de espeleólogos tamaño llavero. ¡Ay, el ombligo! ¡Me encanta el ombligo!

Hay ombligos olvidados. Nadie los mira. No se sienten observados, No constituyen el centro de ningún universo personal. Quizá sean producto de la humildad o de la discreción. En cambio, hay otros ombligos que adquieren un protagonismo especial producto del tiempo que dedican sus propietarios a mirarlos, a observarlos con el mismo gozo que experimentarían ante una pintura de Rembrandt o una escultura de Miguel Ángel. Son ombligos vanidosos, narcisistas. Ombligos que si se pudieran comprar por lo que realmente valen y venderse por lo que sus propietarios creen que valen, harían millonarios a quienes lo lucen. Son, en definitiva, ombligos inflacionarios, sobrevalorados.

Hay también personas que creen que todo gira alrededor de sus ombligos. Constituyen en su fértil imaginación el epicentro de un terremoto intelectual, el lugar sobre el que gravitan las leyes fundamentales de la física, un punto equidistante en el tiempo, como si la vida se debiera construir en base a un antes y un después de la creación de su ombligo.

El ombligo se antoja hermoso, entre otras razones, porque es el punto de conexión con nuestras madres. De alguna manera nos recuerda la unión a quien nos dio la vida y eso siempre se puede contemplar bajo un prisma casi metafísico. No es nuestra barriga un todo sin costuras. Tiene esa cosita redondita que nos devuelve a nuestro origen. Pero cuando el propio ombligo se convierte en una religión, cuando su contemplación provoca que dejemos de sentirnos frágiles, fugaces y, en definitiva, humanos, es mejor bajarse la camisa, alzar la vista y percibir la belleza en otros ombligos. Normalmente es donde reside la verdad. ¡Ay, el ombligocentrismo, esa ideología que, mezclada con la política y ésta con el periodismo, solo sirve para provocar vergüenza ajena!

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