La extraña necesidad de parar y contar hasta diez

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Harto de la crispación, de la prepotencia, de la agresividad, de los disfuncionales sociales, de los autoinadaptados, de los mediocres vocacionales, de la incultura como ideología, de la testosterona mezclada con alcohol, de violaciones, de torturas a animales, de maltratos, de conspiraciones, de la mentira institucionalizada, de fobias que no son miedo sino frustraciones de adultos desorientados y cobardes.

Harto de que la belleza parezca que sólo tenga cabida en un vídeo viral con grandes frases capaces de crear subidas involuntarias de azúcar en sangre, emanando romanticismo patrocinado por unos grandes almacenes, creando relatos de príncipes azules que no son ni príncipes, ni por supuesto azules. Sólo hombres que buscan un lugar en el mundo, sin manual de instrucciones, ni geolocalizador de emociones.

Harto de egos castradores, del tic-tac de un reloj que se ha llevado el futuro que nos prometieron. Harto de ti, que gobiernas con el voto del miedo. Harto de que quieras ser gobernado por quien roba, miente e hipoteca esperanzas. Harto de políticos que crean más problemas de los que solucionan y de que los programas electorales se hayan convertido en productos de marketing, como lavadoras que compras a plazos. Harto de que tu smartphone sea más smart que tú. Harto de las redes asociales que enmascaran soledades y te mantienen con la mirada pegada al suelo, cuando es mucho más bello mirar al cielo por la noche y darte cuenta de lo insignificante que eres.

Harto de que la búsqueda de la belleza no sea una asignatura obligatoria. O de que la pérdida, el abandono o el desamor sean algo que sólo se aprende con la práctica.

Harto de telebasura, de gritonas a sueldo, de cotillas, de culos con aspiraciones, de reinas, de reyes, de princesas de papel couché, de yates, de pulseritas con banderas, de patriotismo low cost. Harto de esa mierda. De verdad.

Harto de que tú ya no recuerdes al joven que fuiste. De que conozcas más a Justin Bieber que a Edward Hopper, de sentirme como la chica solitaria del hotel en un cuadro del genial pintor americano. Harto de que me des consejos cuando no te los he pedido, de que me examines cuando no me he presentado a tu examen, de que necesites convencerme cuando tus ideas me son ajenas. Harto de que irrumpas en mis espacios con tu onanismo mental. ¿Crees que me importan tus neurosis? Olvídate de mí, amigo. ¿Tan difícil es de entender?

Harto de que cada texto sea una prueba a superar. Si quieres, vuelve. Y si no… ya sabes. Al final, escribir es una forma sofisticada de que no caer en el peor de los hartazgos: que no te importe nada o que seas sólo un espectador en el sueño de otros. Por eso inventa, crea, descubre, sorpréndete, sufre, ansía, cómete la vida, pégate los guantazos que quieras, muerde el tiempo, pisotea el reloj, el calendario, destrózalo para sentirte joven, siempre y en todo momento. Pinta, escribe, aprende a tocar el piano, date no una sino muchas oportunidades, descúbrete, explórate, implanta en cada centímetro de tu alma la curiosidad, la necesidad de sentirte extraño en esta fiesta, si no es participando de ella. Vive. Deja las excusas. Y si estás harto, exprésalo de la mejor manera que puedas: en un poema, en una acuarela, en notas musicales que vuelan al viento, en la ineludible realidad de que sólo tú has vivido tu vida, de que tienes una voz que trasciende años y años de cultura, de búsquedas infructuosas de una verdad que quizá no exista. Puedes hacerlo. Otros lo hicieron antes. No son héroes. Sólo personas que supieron ver que vivir en la mirada del otro puede ser altamente frustrante. Por eso, olvídate de mí, si quieres. Búscame en mis palabras, si te placen. Pero no me juzgues. Estoy tan perdido como tú en esto. Es la primera vez que vivo. Es la primera vez que he llegado a esta edad. Improviso, como tú, como todos. Improvisar. Es la clave de todo… supongo. Por eso, párate y cuenta hasta diez. Después, sigue improvisando.

#Àlex_Ribes

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