Credibilidad, sacrificio y el mundo de Albert Rivera

rivera

Estimado, o no, Albert:

Estoy dispuesto a no tener credibilidad por el bien del país”. Esta frase debería estar escrita en piedra en el Hall of fame de peores chistes de la década, junto al de “mistetas” de Jaimito y al de “los catalanes son muy agarrados”. Es uno de esos chistes que sorprenden pero que, lejos de provocar la risa, generan un cierto sentimiento de vergüenza ajena. Tres son los aspectos que incluye la frase y que sería necesario analizar:

a) Admites de alguna manera que has perdido la credibilidad. Yo no le pido al panadero que tenga credibilidad. Me da igual que me diga que ha visto a un elefante bailando reggeaton vestido de swagger con una gorra demasiado pequeña y unos pantalones marcando paquete. A un panadero le pido que me dé una barra de pan que no esté dura, ni blanducha, ni quemada. En cambio, a un político le exijo credibilidad. La credibilidad es su mejor producto. Un político suele hablar en clave de futuro (haremos esto, fomentaremos lo otro, implantaremos una nueva manera de hacer, prohibiremos no se qué…). Y para que su marca y su producto funcionen necesita credibilidad. Si un meteorólogo predice lluvia y el día es soleado, además de que no estarás muy contento por haber anulado la reserva de hotel, quizá empieces a dudar de su credibilidad.

b) ¿Crees que desde que te dedicas a la política todo el mundo te ha creído? ¿Crees realmente que eres un político con una alta credibilidad? No voy a responder. Con no votarte tengo suficiente.

c) La segunda parte de la frase es de un mesianismo preocupante (y no lo digo por Messi, sino por la manía de algunos políticos en convertirse en un nuevo mesías o, mejor dicho, por aparentar que son los nuevos mesías de la política). Realmente me preocupa que haya personas que verbalicen su predisposición a sacrificarse por el bien común. Los libros de Historia están llenos de esos mesías del desastre. Es un signo de que algo no acaba de funcionar. Uno de los síntomas de la histeria es que se necesita un público (al menos de la falsa histeria). Y uno de los síntomas de las personas que no creen en lo que hacen es asegurar que lo hacen por el bien de los demás. Y es que, normalmente, al sacrificio se le une la discreción. El mundo, afortunadamente, está lleno de personas que se sacrifican por los demás (madres, padres, médicos, bomberos, voluntarios de ONG’s…). Hay miles de personas que viven con la idea de mejorar el mundo aunque para ello deban estar dispuestas a perder horas, energías (o, en los casos más extremos, la vida). He conocido a algunas. Y si hay algo que las distingue es la discreción. Su sacrificio es silencioso, sin ostentaciones y es una clara muestra del amor que tanto necesitan las sociedades. Para estas personas el pago que obtienen es la satisfacción de sentirse útiles. ¿En serio crees que pactar con unos y otros, nadar en todas las aguas, estar aquí y allá, para obtener cuotas de poder es un sacrificio? Abandonar la política quizá sea un sacrificio. El activismo social sin la recompensa de un sueldazo con dietas es un sacrificio. Ir a votar dos (o quizá tres veces) es un sacrificio.

En fin, déjame que acabe con un chiste porque al final va a parecer que escribir en un blog es un sacrificio:

Una mujer prueba el whisky de su marido y hace un gesto de asco:

– ¡No sé cómo te puede gustar esta porquería!

– ¿Ahora te das cuenta el sacrificio que tengo que hacer para emborracharme?

#Àlex_Ribes

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