El monstruo del odio @donTomasSerrano @elespanolcom

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Estimado, o no, Tomás Serrano:

A no ser que se haya sufrido la presencia de unos padres disfuncionales, son ellos los que nos enseñan a amar. Con las primeras caricias nos muestran el valor de la ternura, con el sonido de sus palabras sabemos que importamos a alguien y con su mirada somos conscientes de que existimos. Es la infancia la época en la que descubrimos el amor, un mundo nos espera con sus encantos. Cada nueva puerta que se abre es una oportunidad para la sorpresa. Aprendemos a amar a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los amigos con los que compartimos momentos y juguetes, a los profesores que nos revelan talentos que ni siquiera sabíamos que teníamos. Y el amor, en principio, no tiene data de caducidad, nos alimenta cuando todo puede antojarse cruel, sórdido y carente de sentido.

También la infancia nos enseña a temer al monstruo. Los cuentos infantiles nos inoculan el miedo. Están llenos de monstruos con diferentes formas que, a veces, se presentan con aspecto grotesco de malo de Disney o con la belleza de un sueño con vocación de transformarse en pesadilla. Pero también los relatos nos aportan héroes capaces de acabar con el monstruo. Y respiramos tranquilos porque sabemos que hasta la peor historia tiene un final feliz. Después será la vida y nuestra colección de fracasos quienes nos mostrarán que la ficción sólo es un espejo distorsionado de lo que tarde o temprano nos acechará.

Lo que no sé es cuándo aprendemos a odiar, en qué momento, el amor, la curiosidad o las ansias para seguir sorprendiéndonos se ven apartadas por el odio. ¿Es porque aún seguimos temiendo al monstruo? ¿No hemos podido acabar con él? ¿Es porque nos hemos dado cuenta de que somos unos perdedores, unos pequeños mierdecillas incapaces de aceptar la diversidad o las ideas que desequilibran nuestro sistema de creencias? Aprender a odiar cuando nos hemos olvidado de amar. Amor y odio. Dos impulsos atávicos, primigenios. Eros y tanathos. Dos fuerzas antagónicas que mueven el mundo.

Tomás: todos vemos lo mismo. Es una imagen subliminal que forma parte de la iconografía mental que anida en nuestro subconsciente. Todos vemos una avión dirigiéndose a una torre anunciando un atentado. El 11 de septiembre del 2001 en Nueva York sigue muy vivo en nuestra memoria. Y el mensaje no puede ser otro: el independentismo es una avioneta terrorista que se dirige hacia una torre que simboliza España. Pero es una avioneta, débil, frágil, que no podrá con la solidez del edificio. Ése es el mensaje. No hay otro. Por esta razón, lo mínimo que se te puede exigir es que no insultes más nuestra inteligencia excusándote en más ignominia aún. El dibujo es asqueroso, vomitivo, insultante, injusto, execrable, intolerable. ¿Y aún os continuáis preguntando por qué razón ya somos independientes emocionales de ese país llamado España?

Dice Luis Rojas Marcos en “Las semillas de la violencia” que “los seres humanos vivimos por amor y destruimos por amor, porque esta pasión universal está llena de emociones contrapuestas”. Por eso sólo cabe esperar una cosa de vosotros, los que amáis tanto una idea que no soportáis que alguien no sienta lo mismo que vosotros: que aprendáis a olvidarnos, cuanto antes mejor. Que lo superéis para que el odio no siga creciendo, como el monstruo que es, en vuestra fallida inteligencia emocional.

#Àlex_Ribes

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