El patriota de la hemoglobina

tio

Estimado, o no, bloguero anónimo:

Me preocupa un poco que en tu perfil biográfico hables de sangre y que, además, esta sangre lleve denominación de origen. Además, que lleves sangre de cada región de España convierte tu biografía en un monumento a la hemoglobina. Dicho de otra manera, en tu perfil hay más sangre que en toda la filmografía de Quentin Tarantino. No me extrañaría que el genial cineasta americano rodase “Reservoir meigas” o “Los odiosos ocho percebes”.

Quizás soy un poco quisquilloso pero hablar de sangre para referirse a un origen es… no sé… como un poco… gore patriótico carpetovetónico. Soy consciente de que referirse a otro tipo de fluidos puede resultar aún peor. “Semen” antoja fuera de tono. Quizás existía otra posibilidad: “sé que por mis venas corren leucocitos gallegos; como sé que llevo hematíes de León, plaquetas de Cáceres y el plasma es catalán porque tiene aspecto de revolucionario separatista dispuesto a organizar performances con punteros de colores”.

Si seguimos con tu perfil, déjame que me detenga en la frase “por ello, las amo a todas. Y, porque las amo a todas, amo a España entera”. Está bien, no digo que no, pero un “te quiero mucho, como la trucha al trucho” tampoco quedaría nada mal.

Y, amándola, amo su hermosa lengua, el español, que nos une a todos los españoles”. Cierto, el español es una hermosa lengua. Lo que sucede es que nos uniría un poquito más a todos si se respetaran las otras lenguas españolas que no son el castellano. Es como si dijeras “y, amándola, amo a su sabroso plato, la paella, que nos une a todos los españoles”. De acuerdo, la paella es sabrosa y nos une pero, ¿y un Lacón con grelos? ¿Y la fabada asturiana? ¿Y la tortilla de patatas? ¿No tienen derecho a aparecer en el mapa gastronómico español? Quizás lo que nos debería unir es la diversidad.

Amo también a Europa, a toda su cultura y a toda su extensa civilización. Por eso, no puedo amar a quienes quieren destruir sus raíces culturales y religiosas, a quienes pretenden aniquilar este viejo continente. No puedo amar, de ninguna manera, a aquellos que atentan contra la cultura occidental”. Semejante manifestación de afecto es preciosa, en serio. Como también es el hecho de que lo podrías haber resumido en un “soy cosmopolita pero no me gusta nada que los restaurantes españoles tengan que competir contra la omnipresencia de las franquicias americanas y que los irlandeses abran bares y restaurantes en antiguas iglesias”. A eso te refieres, ¿no?

En resumen, te propongo otro perfil biográfico por si te parece bien:

mi origen poco importa porque sé repartir afectos en todas los lugares. Amo las posibilidades que me ofrece el entorno en el que vivo pero sin renunciar al resto de expresiones culturales que se manifiestan, tanto en España, como en Europa y en el resto del mundo. Sé que nos unen muchas más cosas que los cuatro tópicos con los que algunos adornan su visión hispanocéntrica de la realidad. Por eso soy consciente de que apelar a la sangre resulta un tanto etnicista y que estas formas de etnicismo sólo son el apellido de un nombre llamado nacionalismo, que es algo parecido a tener un grano en la frente: sólo lo ven los demás”. 

 

#Àlex_Ribes

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