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Estimado, o no, Orgullo Nacional:

Tenía un nombre. Se llamaba Rosa. Y tenía una edad. 81 años. Rosa no se había arruinado especulando en bolsa. Tampoco había perdido su fortuna tras la explosión de la burbuja inmobiliaria. No había robado. No había traicionado a nadie. Simplemente era una anciana sin recursos económicos.

Has de saber, Mister Orgullo Nacional, que con 81 años Rosa no podía, ni debía trabajar. A los 81 años el cuerpo ya ha recibido demasiados golpes. El tiempo maltrata. El reloj, con su puñetero tic tac, lacera los cuerpos y los sueños. Los de Rosa… y los tuyos. Porque quizás algún día tendrás 81 años. Y quizás, sólo quizás, los restos de tu humanidad dimitida te permitirá darte cuenta de que tampoco estarás para trabajar. Es posible que, como la inmensa mayoría de españoles, no tengas una fortuna en el banco para garantizarte una vejez sin problemas económicos. Será hora de recibir tu correspondiente pensión. Esa pensión te la estarán pagando los trabajadores que contribuyan con su esfuerzo a un sistema público de pensiones. Se le llama solidaridad. Nada tiene que ver con el orgullo. Es un sentimiento mucho más poderoso. El orgullo te puede llevar a pensar que tu país es el mejor, que hay dioses que mezclan sangre con rayos de sol para fabricar banderas y dárselas a personas que hacen de semejantes delirios una cuestión sentimental. Pero, créeme, tu orgullo carece de cualquier tipo de valor cuando no está sustentado en la justicia o en la empatía, cuando alguien con 81 años no goza de sus últimos días de una dignidad que le pertenece. Y ya va siendo hora de que los aprendices de Milton Friedman desterréis de vuestras cabecitas la idea de que es pobre quien quiere serlo.

Somos muchos los que creemos en otro modelo social. No el del beneficio económico fuera de control, ni el de los patriotas de pulseritas rojigualdas y cuentas en Suiza. Creemos con firmeza en el modelo social que transforma el esfuerzo colectivo en un soporte para los más desfavorecidos que, por cierto, podemos ser todos. Porque todos nos podemos quedar sin trabajo. Todos podemos caer enfermos. Todos tenemos el vicio de envejecer y de contar arrugas. La pobreza nos puede estar esperando tras una mala época o, simplemente, porque el sistema no acaba de funcionar. Es en ese momento cuando una sociedad se la juega. Y si realmente funciona es cuando uno puede mostrarse orgulloso de lo que la suma de muchas personas ha construido. No son desfiles militares, ni vivas a España, ni nostálgicos trasnochados, ni tauromaquias, ni selecciones de fútbol, ni monarquías que se repiten, que se repiten, que se repiten… Los orgullos compartidos son aquellos que permiten mirar a nuestros ancianos a los ojos y proporcionarles aquello que se han ganado después de haber sido nuestros padres o nuestras madres. Lo otro, sinceramente, te lo puedes meter por donde amargan los pepinos. No sirve de nada. Absolutamente de nada. Ni la unidad de España. Ni el discurso del odio. Ni las portadas del ABC. Ni Gibraltar como placebo patriotero. Ni los tertulianos salvapatrias. Ni un solo segundo de ningún himno. Ni un solo centímetro de ninguna bandera. Por eso, permíteme que te diga que con dos gotas de miseria intelectual y un rayito de decadencia hizo el chauvinismo a un español y le quitó el corazón.

#Àlex_Ribes

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