Elogio de la imbecilidad

 

bud-spencer

Estimado, o no:

Dice el diccionario de la RAE que imbécil pasa por ser alguien que resulta “tonto o falto de inteligencia”. A mí que las personas tengan o no inteligencia es algo que me preocupa relativamente. En el fondo, todos podemos ser inteligentes o imbéciles en determinadas circunstancias. Todos podemos actuar de manera inteligente o comportarnos como personas carentes de inteligencia e incapaces de adaptarnos al entorno en el que vivimos. Tener amplios conocimientos culturales o saber solucionar problemas de manera eficiente es algo que se valora ampliamente. Sin embargo, creo que no hemos venido a este mundo a ganar el Trivial Pursuit o a ser los mejores en alguna actividad en concreto. Porque, realmente, ser culto o ser inteligente (bajo los conceptos tradicionales del término) carece de sentido si eres un indeseable.

Quizá esté equivocado pero, bajo mi modesta opinión, un imbécil es aquel que escupe odio o que estigmatiza colectivos, culturas o lenguas. Catalogar a alguien de imbécil por su procedencia, por su sexo, por sus ideas políticas o por el uso público de su lengua materna creo que se ajusta muy bien al concepto de imbécil que te intento transmitir.

Supongo que siempre el imbécil ha tenido su espacio en todos los períodos de la Historia. El Imperio Romano o la Antigua Grecia también debieron tener sus imbéciles. El imbécil no es un invento del siglo XXI. Lo que sucede es que creo que jamás el imbécil tuvo tantos altavoces a su alcance como los tiene ahora. La cultura de masas y las redes sociales han empezado a invertir los valores acerca de lo que es la inteligencia y lo que es la imbecilidad. El discurso del odio, la mediocridad como proyecto vital, los intentos de desacreditar la cultura haciendo que aparezca a los ojos del contribuyente como un lujo y no como un necesario bien público, han convertido al imbécil en un líder de opinión. Bajo la piel de un intelectual, de un periodista o de un político anidan en ocasiones imbéciles con los inconfesables deseos de hacer daño. Supongo que la ingenuidad lleva a algunas personas a pensar que si no haces caso a estos imbéciles, que si los sometes a cierta invisibilidad, desaparecerán por falta de público. Ojalá. Lo cierto es que los imbéciles se han apoderado en demasiadas ocasiones del relato oficial, de aquella historia que desde las más altas instancias se repite una y otra vez para justificar váyase a saber qué medidas políticas. Por ejemplo, ha anidado en parte de la población española la idea de que a un Estado le corresponde una lengua. Un Estado. Una lengua. ¿Hay tantos Estados en el mundo? Debe haber el mismo número de lenguas. Exceptuando, claro está, a ese castellano universal, integrador y solución para todos los males que provoca la diversidad lingüística. Que el catalán forme parte de una comunidad lingüística superior a las del danés o del noruego no parece tener importancia para los imbéciles. Es su concepción del mundo, al fin y al cabo.

¿Merece algún tipo de elogio el imbécil? ¿Merece alguna consideración aquella persona que construye odio, que elabora mensajes con la única idea de provocar que las personas se rechacen porque vienen de otro país, porque tienen otra religión, porque hablan otra lengua, porque carecen de recursos económicos o porque han tenido el feo detalle de nacer de un determinado sexo o por desarrollar una vocación afectivo-sexual diferente?

En el siglo XVI Erasmo de Rotterdam escribió un ensayo llamado “Elogio de la estupidez” en el que criticó los vicios de su época. ¿Podríamos escribir hoy en día un ensayo sobre el mismo tema? Por supuesto. Cada día se escribe en las redes sociales. Un ejército de imbéciles campa a sus anchas. Reduccionistas de asuntos complejos, expertos en todo y sabios de nada, adictos al insulto, recicladores profesionales de los detritos intelectuales que generan los profetas del desastre a través de sus portadas o sus programas en prime time… El imbécil está de moda y su única función social consiste en recordarnos que, en ocasiones, los imbéciles se hacen con una parte del poder. Es entonces cuando sus decisiones se convierten en letales.

Por eso, estimado, o no, desconocido, pregúntate quién es realmente el imbécil, quién se comporta de una manera tonta o carente de inteligencia, quién escupe odio o estigmatiza a colectivos. Quizá te lleves una sorpresa al leer tus tuits dentro de un tiempo cuando la madurez haya conseguido algo que el presente parece haberte negado. Y no ayudes, por favor. Aporta o aparta.

Por cierto, quiero enviar un mensaje de ánimo a la familia de Martina. En el momento de escribir este texto continúa desaparecida. Ojalá esta historia tenga un final feliz.

P.D. Un cop aquesta història ha tingut el final feliç que tots estàvem esperant, procedeixo a difuminar la cara de la Martina i a animar-vos a que tots deixem tranquila a ella i a la família. 

#Àlex_Ribes

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