No hay un gen español

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No hay un gen español. Por muchas banderas que cuelgues en el balcón y muchas pulseritas que te pongas, no tendrás un gen español que te haga mejor. Tampoco hay un gen catalán, ni vasco, ni gallego o andaluz. No hay genes relacionados con ninguna forma de estado, salvo que por tu cuerpo circulen viejas herencias espermáticas de antiguos monarcas que, probablemente con violencia, conquistaron beneficios personales hace muchos siglos. Demasiados como para continuar vigentes, en mi opinión.

No hay genes del odio, como tampoco hay genes del amor. El amor y el odio se enseñan y se aprenden. Se transmiten consciente o inconscientemente. Los sentimientos son materia sensible pero ningún científico ha logrado aislar un gen del odio o un gen del amor. Hay hormonas, cierto. Hay neurotransmisores. Hay dopamina, serotonina… Hay endorfinas. Somos química. Química y educación. Química y formación. Química y también azar. 

No hay genes del odio que nos predispongan a rechazar al catalán, al inmigrante, al español, al africano, al homosexual, al ateo, al agnóstico, al cristiano o al musulmán. No los hay. Hay ignorancia. Eso sí. Mucha ignorancia. Hay ignorancia que se transforma en ideología de masas cuando el demagogo consigue su objetivo. Hay zonas oscuras en el inconsciente colectivo que sólo se llenan con miedo. Hay demasiados intereses en la construcción de sociedades confusas, desorientadas, miedosas y demasiado espabilado llenando de porquería las inseguridades en beneficio propio. Hay demasiada ignorancia y demasiados ignorantes encantados de serlo. Y hay proyectos políticos que se aprovechan de la ignorancia. Pero no hay genes del odio. Aunque tampoco hay una forma peor de ser padre o madre que educar en el odio.

Y si no hay genes del odio, ¿por qué hay tanto odio? Porque a veces el odio vence, porque cuando se utiliza el miedo, la coacción, la mentira y la propaganda, el odio consigue su espacio y somete al amor al dictado de sus caprichos. Y tienes miedo al diferente, a lo que no comprendes, a lo que rechazas sin saber muy bien por qué. Quizá porque un señor en la tele que grita mucho te lo ha dicho, y el otro lo ha repetido, y el que te lo ha contado lo ha vuelto a decir, y ha salido en Twitter, y lo has leído en Facebook, y la vida es más fácil cuando todo se reduce a tú y él, a nosotros y ellos, a buenos y malos. Tú siempre eres el bueno, claro. En tu pequeño mundo de prejuicios, de estereotipos, de tópicos y detritos con forma de excusas tú eres el bueno y el otro es el malo.

No hay un gen del odio. Hay banderas. Hay territorios. Y en ellos hay seres humanos. Y en cada uno habita lo mejor y lo peor. Un millón de formas de amar y un millón de formas de odiar. Hay caminos, decisiones, identidades que te enseñan, que te marcan y que te modelan. Y también hay posibilidad de desaprender a odiar. Porque todo se puede aprender u olvidar. Al final, es cuestión de elegir. Pero tampoco hay un gen que te permita acertar siempre. Y hay un millón de formas de convertirse en un ignorante vocacional. Jamás lo olvides.

#Àlex_Ribes

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