La obligación de sentirse un gilipollas

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Estimado Toni:

¿Es la ingenuidad un valor? ¿Y en un político? Creo que no me equivoco si respondo negativamente a la primera pregunta. Respecto a la segunda cuestión, no sólo no me parece la ingenuidad un valor en la política, sino que además puede ser peligrosa. Por otra parte, no debemos confundir la ingenuidad con la inocencia. La ingenuidad parte de una deficiente comprensión de la realidad, mientras que la inocencia implica simplemente ausencia de culpabilidad.

Un político no debe ser ingenuo. Y evidentemente tampoco debería ser culpable. Lo que sucede es que estamos en un país en el que la política sabe trabajarse muy bien la ingenuidad y en el que, además, la culpabilidad manifiesta no parece penalizarse en las urnas. Seguramente una sociedad menos ingenua no permitiría determinados discursos y expulsaría de la política a aquellas personas que no la entienden como un servicio a la gente. Por eso espero que no seas tan ingenuo como para pensar que el discurso del odio o la gestión del miedo no forman parte del paisaje político y mediático de esta España que seguramente necesita más autocrítica que autocomplacencia.

Los estereotipos, los tópicos, los clichés y los prejuicios son síntomas de una sociedad acomplejada y sin autoestima. Que una persona juzgue a los demás en base a apriorismos y que, además, estos suelan tener matices negativos, son signos de falta de autoestima, de no saber cuál es su lugar en el mundo y de buscar individualismos por miedo a establecer situaciones colaborativas. Y cuando estos apriorismos tienen detrás una potente maquinaria política, propagandística y mediática que durante años han sido utilizados con fines puramente electorales, ¿qué tienes? Respuesta fácil: dos bandos. Un bando que se los ha creído y otro que ha luchado por demostrar que eran mentira. ¿Estoy hablando de la relación entre España y Catalunya? Por supuesto. Pero haz extensiva esta humilde reflexión a la relación entre aquellos colectivos con desconfianza atávica y, sobre todo, haz una segunda reflexión basada en la injusticia de las relaciones de poder desequilibradas, cuando un bando tiene un altavoz mucho más potente que el otro.

Ahora déjame que formule unas preguntas muy simples: ¿crees que los catalanes recibiríamos cada año a más de 18 millones de turistas si fuésemos esa sociedad cerril que se insinúa día sí y día también desde tantos ámbitos? ¿Crees que Catalunya hubiese visto cómo llegaban 14.532 millones de euros de inversión extranjera entre 2011 y 2016, lo que la convierte en la comunidad que lidera este dato, si respondiésemos a los tópicos que vierten los discursos apocalípticos? En fin…

¿Cuáles son las principales herramientas para abandonar la ingenuidad, acompañada de esos archivos adjuntos que son la ignorancia y la intolerancia? Información, sensibilidad, curiosidad, mentalidad abierta, sed de cultura, empatía, libertad de pensamiento… La catalanofobia y la hispanofobia (como el resto de fobias que estigmatizan colectivos) no deberían formar parte del paisaje mental de esta sociedad. Por eso agradezco tu gesto. Estoy seguro de que te caerán palos, saldrá la legión de cuñados que convertirá las anécdotas en poco más que dogmas indiscutibles, te ningunearán, tergiversarán tu comentario e, incluso, es probable que se mencionen palabras que ni aparecen en tu comentario. ¡Bienvenido al mundo de la incomprensión! Ya hace años que muchos nos sentimos así. Eso sí, si te quejas, es posible que aparezca alguien que te llame victimista. Ojalá me equivoque. En todo caso, celebro que te hayas sentido como un gilipollas. Es el primer paso para dejar de ser ingenuo y mejorar como persona y también como político. Por cierto, da recuerdos a los que dicen que el nacionalismo se cura viajando. Al parecer, en el caso del nacionalismo español así es.

#Àlex_Ribes

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