¿Somos raros los catalanes?

raros

Estimado, o no:

Desconozco el motivo por el que has llegado a esa conclusión. Como ya mencioné en una carta anterior, los catalanes pegamos con palos a un tronco en Navidad, ponemos figuritas de personas defecando en el Belén, comemos cebollas alargadas, nos subimos unos encima de otros y bailamos con bastones. Lo que te prometo es que no lo hacemos todo a la vez. Ni siquiera Albert Rivera, aunque tenga la habilidad de estar en todos los platós al mismo tiempo. Pero que realicemos estas actividades tampoco nos convierte en una comunidad extraña. Compramos en los supermercados, nos machacamos en el gimnasio, celebramos los cumpleaños, nos hacinamos en la RENFE, algunos no le encontramos ni puñetera gracia a personajes como Bertín Osborne o Arévalo y nos comemos doce uvas en la Nochevieja (once según la Delegación del Gobierno).

Los catalanes no somos más raros que… no sé… los habitantes de la localidad burgalesa de Castrillo de Murcia. Desde 1621 se celebra allí, el domingo siguiente al Corpus Christi, la llamada Fiesta del Colacho. Que, por cierto, no procede del chascarrillo “sácate la cola que me agacho”. La idea es que este personaje grotesco se dedica a fustigar con una cola de caballo a la gente que le insulta. Es como un Sálvame Deluxe pero sin bótox. Lo más singular de la juerga es el “salto de los bebés”. Consiste en que sus habitantes colocan a los recién nacidos de aquel año en unos colchones, el Colacho coge carrerilla y salta por encima de ellos. Lo hacen para que no sufran enfermedades, ni sean poseídos por espíritus malignos. Sin embargo, no garantiza que en el futuro no tengan la tentación de votar al PP. ¡Lástima!

En San Xosé de Ribarteme (Pontevedra) es costumbre cada 29 de julio que los vivos se acuesten en ataúdes y sean llevados en una romería por el pueblo. Precioso, en serio. Es una manera de comprobar si te aprieta un poco la sisa o si es cómodo el lugar en el que vas a pasar la eternidad. No deja de ser una decisión importante, claro está. La eternidad se puede hacer muy larga en un ataúd incómodo. Después se llena la Seguridad Social de esqueletos con problemas de espalda y nos quejamos todos de las listas de espera.

No voy a seguir analizando las fiestas o costumbres españolas ya que seguro que a los habitantes de Castrillo de Murcia les parece lo más normal del mundo saltar sobre bebés y a los de San Xosé de Ribarteme seguro que les encanta meterse en un ataúd. Pero me niego a aceptar que los catalanes somos raros porque

a) no me gustan las frases que empiezan por “los catalanes son” y

b) no quiero que me visite en sueños el Colacho metido en un ataúd, mostrándome su pinzamiento lumbar.

En definitiva, si eres feliz habiendo llegado a la conclusión de que los catalanes somos raros, no seré yo quien te quite la ilusión. Eso sí, aún te queda por conocer al director de cine Albert Serra para que se confirme tu teoría.

#Àlex_Ribes

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