No saben #EnricMillo

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No saben. Los señores del jersey por encima del hombro, de la pulserita rojigualda y de la gomina a chorros, no saben. No saben cómo evitar el estereotipo: la ropa de marca, la sonrisa fingida, la palmada en el hombro que significa “¿qué hay de lo mío?”. No saben. Nunca han sabido.

No saben dialogar porque creen que dialogar significa yo hablo y tú escuchas, yo mando, tú obedeces. Dialogar es para ellos un espejo, un reflejo. Es el eco de su voz, la sensación de esperar un aplauso en cada gesto.

Tampoco saben negociar. ¿Por qué deberían hacerlo? Ganaron, ¿no? Y se empeñan en recordárnoslo, una y otra vez, como el amigo pesado que repite el mismo chiste en cada cena ante el desinterés general. Ganaron y tú no. Te mirarán con condescendencia cuando expliques otro punto de vista de la misma historia, acudirán al “y tú más” velozmente. Negociar significa situarse en un plano de igualdad y ése es un territorio ajeno para quien ganó demasiadas veces y no pagó el dolor que causó.

No saben guardar silencio y tampoco saben hablar. Y no es tanto por lo que dicen o no dicen (que también), sino sobre todo porque no saben cuándo es necesario juntar los labios en un silencio amable o adoptar un discurso reconciliador ante el adversario. Y no saben porque no son elegantes. Confunden la elegancia con un reloj caro, un yate o un photo call en el que sentirse importantes. Pero la elegancia es otra cosa. A veces la elegancia viste con chándal. Lo hace cuando se interesa por el dolor de otros, a pesar de que su rostro no dibuje glamour o no se deje llevar por la erótica del poder. Porque eso no es elegancia sino apariencia. Y son dos cosas distintas. Ser elegante es no abrazar la demagogia para hacer daño al contrario, cuando detrás hay una tragedia. No buscar votos como un ave carroñera busca un cadáver. No hablar sólo a los acólitos en espera del aplauso, sino hallar el modo y el cuándo, el instante en el que uno puede o no tener argumentos, pero los expone con elegancia.

No saben. No saben ser referentes morales. No saben liderar emociones positivas. No saben cómo construir sueños colectivos en base a certezas y no a través de manuales de partido. No saben improvisar y tampoco saben planificar.

Y ganan. Siguen ganando. Cierto. Y siguen estando ahí, con sus jerseys por encima del hombro, sus pulseritas rojigualdas y su gomina a chorros. Pero hay una batalla que no han ganado: la de la elegancia que hace a los líderes inmortales. “Tengo un sueño”, dijo uno de ellos. “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre”, dijo otro de esos líderes inmortales. “Les hemos destrozado el sistema sanitario” dijo alguien que jamás será como ellos. No, definitivamente, no saben. 

#Àlex_Ribes

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