Cómeme, toa

pablo

Estimado, o no, Pablo:

Siempre se ha dicho que en una historia suele haber tres versiones: la tuya, la mía y la verdad. Lo que sucede es que, en las versiones que da el PP sobre todo lo que pasa en Catalunya, existen en demasiadas ocasiones unas interpretaciones que harían enrojecer a Sigmund Freud (y no lo digo por su adicción a la cocaína). Estoy convencido de que el insigne científico disfrutaría psicoanalizando a los dirigentes del PP y lo que encontraría es miedo a aceptar la realidad. Por ejemplo, el concepto “Catalunya real”. Es para levantarse y ovacionaros por la capacidad que tenéis de crear conceptos absurdos que tienen la misma solidez argumental que la autobiografía sexual de Pinocho (dejando de lado los posibles usos de su nariz, claro). ¿Catalunya real? ¿Somos los independentistas un efecto óptico? ¿Vivimos en una zona liminal entre la imaginación colectiva y la realidad física? ¿Es como cuando entrecierras los ojos después de haber ingerido una cantidad elevada de alcohol y te imaginas a Rajoy triunfando en una conferencia TED sobre la importancia de respetar el orden sintáctico de las frases?

  • ¡Hostias! ¡Es lunes, son las 8 de la mañana y hay 40.000 independentistas manifestándose!

  • Bah… nada… un efecto óptico. La Catalunya real está currando.

  • Ah, me dejas más tranquilo.

Pues nada, esperaremos que 40.000 personas se manifiesten un lunes, a las 8 de la mañana, en favor de las políticas del PP. ¿Para cuándo, Pablo?

Tengo la impresión de que en estos tiempos de postverdad es más necesario que nunca desarrollar un cierto pensamiento crítico porque si no acabas creyéndolo todo. Te voy a poner como ejemplo los cuentos infantiles… no sé… ¡Caperucita Roja! La simpática niña que cruza el bosque sola para llevar comida a su abuelita. ¿Te has parado a pensar lo cabrona que es la madre? Para empezar, tiene a la abuela viviendo sola en medio del bosque. Allí no llega la furgoneta del Caprabo y seguro que no tiene ni cobertura de móvil, ni fibra óptica. ¡Allá se muera la vieja!, debió pensar la madre. Cierto es que no sabemos si es su madre o su suegra (en este segundo caso quizá podamos llegar a empatizar). Cierto es también que no aparece en el relato el padre de Caperucita. O es de la Catalunya real y está trabajando… o es que se trata de un político corrupto del PP que está en la cárcel. No lo sé… habrá que investigar.

Además, la madre, sabiendo que en el bosque puede haber un lobo cabrón, pone la cestita con los alimentos en la mano de su hijita (menor de edad) y le dice que espabile. Para quitarse todo sentimiento de culpa le ordena que no salga del camino… ¡como si el lobo tuviese algún trauma que le impidiese entrar en el camino y comerse a la niña!

  • Hola, Caperucita… en la nevera tienes tónica y he comprado ginebra. ¡Pero no se te ocurra prepararte un gin tonic!

Y además la madre la viste de rojo. “Y ponte la caperuza para que el lobo te distinga mejor”. Sólo le faltó insertarle un altavoz de 2000 W en el pecho que llenase el bosque de reggeaton, un chaleco fosforescente y un letrero que dijera “cómeme, toa”.

Pues eso, Pablo. Las historias tienen muchas versiones y ayer, un lunes laborable por la mañana, 40.000 personas se manifestaron y se hartaron de gritar en favor de un referéndum y de la independencia. A partir de aquí, si te mola el reggeaton, ponerte un chaleco para parecer que vas a cambiar una rueda y gritar “cómeme, toa”, estás en tu derecho. Eso sí, la fiscalía de menores debe actuar ya contra la madre de Caperucita. Te pongas, como te pongas.

#Àlex_Ribes

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