La aventura de ser un catalán paranormal

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Estimado, o no:

Me has dejado en estado de shock. Mi vida ha desfilado ante mis ojos más rápido que la locuacidad de Rajoy. Bueno… mal ejemplo. He visto mi infancia con la bata de rayas del cole, la adolescencia con el Naranjito como gurú del terror, la juventud con Horacio pinchadiscos como… Uf, terrible imagen… cambiemos de tema. Y es que con tu comentario no me he sentido normal. Toda la vida pensando que tenía un aspecto ligeramente humano y que mis actos respondían a ciertos valores sociales pero al parecer el hecho de ser catalán me puede situar en una esfera diferente.

Veamos lo que dice el diccionario de la RAE sobre la palabra normal:

1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.

2. adj. Que sirve de norma o regla.

3. adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

Como, de momento, los catalanes no hemos alcanzado la condición de cosa en España (bueno, espérate al referéndum porque los récords están para superarse), entiendo que tu etiqueta de “catalanes normales” se refiere a la segunda acepción: que sirve de norma o regla. Es decir, en tu particular visión del cosmos, hay catalanes normales y catalanes que no lo son; hay catalanes que sirven de norma o regla y catalanes que te rompen los esquemas. Supongo que te pasa un poco como con las pelis porno. Si lo que ves en pantalla crees que es normal, después viene Mister Realidad y te da un mordisco en lo que vendrían a ser las expectativas. Las dos expectativas y la decepción, para ser más exactos. Ya sé que catalanas como Alicia Sánchez-Camacho, capaces de olvidar que ha reservado y pagado un restaurante como quien se olvida de cepillarse los dientes, te pueden dar argumentos para pensar en la existencia de catalanes paranormales pero tampoco conviene generalizar.

La sensación que tengo es que en este país se tiende a desplegar dos estrategias un tanto cuestionables. La primera es generar normas que no han sido consensuadas por la sociedad. De esta manera, determinados grupos de presión se creen con el derecho de imponer hasta sentimientos porque sí, porque al parecer uno se debe sentir español y nada más; o se debe sentir hombre o mujer atendiendo a una genitalidad y no a otro tipo de razones, quizás minoritarias pero que en ningún modo deberían acarrear odio y marginación (¿te suenan los famosos autobuses naranjas que pretenden invadir sentimientos ajenos porque algunos niños o niñas no responden a “su norma”?). Otra estrategia es la de invertir los valores para que se acaben convirtiendo en norma. Así, poner urnas en determinadas ocasiones, es visto como una ruptura de la norma, como una transgresión de lo que se supone normal. Ya ves, poner urnas es visto en una democracia como un desafío al sistema. Porque, claro, hay preguntas normales y preguntas que no lo son.

Creo que hablar de catalanes normales y catalanes que no lo son es el producto de un mapa mental muy peligroso. Entre otras cosas porque ya la Historia nos ha demostrado en demasiadas ocasiones lo que supone esa diferenciación entre un “nosotros” (los normales) y “ellos” (los paranormales, infranormales, etc.). Al final, la norma suprema es que todos, independientemente de nuestra ideología, tendencia sexual u origen, somos seres humanos. Incluso Javier Cárdenas cuando humillaba a otros seres humanos en televisión. Al parecer no debían ser lo suficientemente normales.

Àlex_Ribes

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