Mariano Rajoy se nos pone cursi

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Estimado, o no, Mariano:

Me encanta el inconsciente. No me refiero a ningún político irresponsable en concreto o a ningún periodista con ganas de besar la mano (u otras partes corporales) del poderoso. Dejemos que sea la Wikipedia la que hable del inconsciente al que hago referencia: el término inconsciente se utiliza como adjetivo para calificar el conjunto de comportamientos que un sujeto desarrolla inadvertidamente, es decir, sin darse cuenta, y que, en general, no dependen de su voluntad. Es como gritar “Arriba España” para animar a la selección o que uno desee que sean los vecinos los que elijan al alcalde y que sea el alcalde el quiera que sean los vecinos, el alcalde. El inconsciente es el que te puede llevar a decirle a la reina de tu casa: has estado bárbara. Y es que el inconsciente resulta muy traviesillo en ocasiones. Por este aspecto juguetón es por el que me gusta tanto. Nos hace sinceros y eso es un valor a tener en cuenta. Hoy te ha traicionado el inconsciente.

Analicemos tu gran idea: estamos y estaremos al lado de quienes se sienten catalanes y españoles, no os vamos a abandonar. Gobernamos para todos. ¡No, Mariano, no gobernáis para todos! Porque para lograr que el gobierno central esté al lado de los catalanes, nos tenemos que sentir catalanes y españoles. Forma parte de un pack inseparable, como los yoghourts, los huevos, los preservativos o como Cristiano Ronaldo y los penaltis. Van juntos, formando una unidad inseparable.

Para empezar, me gustaría saber qué significa exactamente sentirse español o sentirse catalán. Y no sólo eso, ¿cuáles son los tantos por ciento admisibles para que el gobierno central esté al lado de los catalanes? Si me siento un 10% español y un 90% catalán, ¿puedo tener la seguridad de que ADIF invertirá en las infraestructuras ferroviarias para que las cercanías dejen de ser la perfecta definición de una mierda pinchada con un palo? ¿O quizá deberé aumentar el tanto por ciento de mis sentimientos españoles? Por otra parte, si disminuyo mis sentimientos de españolidad y aumento los de mi catalanidad, ¿podré pagar menos impuestos a la Agencia Tributaria española? Lo digo porque, como solamente vais a estar al lado de los catalanes que se sientan catalanes y españoles, lo justo sería que mis impuestos fuesen a parar a otros administradores que no se interesaran por mis sentimientos. Vamos, que con sentimientos no se mejora la sanidad, ni la educación. Si me diera por bailar pasodobles, comprarme la discografía de Bertín Osborne, conocer el nombre de todos los toreros y emocionarme con los pósters del rey, ¿tendré la seguridad de que ningún ministro de cultura quiera españolizar a mi hija?

No sé si me entenderás pero yo me emociono con Blaumut, con Quique González, con Marillion, con Jonathan Safran Foer, con Douglas Coupland, con Nick Hornby, con Billy Wilder, con Mar Coll, con David Fincher, con Edward Hopper, con Jan Vermeer… y con mi familia, mis amigos y con todos aquellos que me hacen reír, aunque hayan nacido en Kuala Lumpur. Por eso, cuando un político me habla de sentimientos, sólo puedo recordar el final de la magnífica película Seven. El detective Somerset, interpretado magistralmente por Morgan Freeman, pronuncia la siguiente sentencia: “una vez Ernest Hemingway escribió que el mundo es un lugar maravilloso por el que vale la pena luchar. Yo sólo estoy de acuerdo con la segunda parte”.

Àlex_Ribes

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