Diario de un 10/40. Capítulo 1

diario

29 de abril de 2017

Las velas. De aromaterapia, esotéricas, decorativas, artesanales, flotantes, de Navidad… Están en las iglesias, en los cuadros de De La Tour para recordarnos la finitud de la vida y también en las cenas románticas, quizás para que haya poca luz y nuestra pareja no pueda vernos bien. Se puede ser romántico pero no idiota.

Son unos objetos extraños las velas. No funcionan con baterías, no permiten enviar whatsapps cuando nos sentimos solos, no nos dicen te quiero aunque sea mentira, no evitan el colesterol y no funcionan como antidepresivo. Pero siguen estando ahí. Se pueden comprar en los grandes almacenes, en los bazares chinos y por internet. Forman parte de nuestras vidas aunque ya no tengan sentido en la época de las pantallas LED. De hecho, algún cerebrito de la electricidad inventó las velas LED. Me imagino la reunión de presentación ante sus jefes. Como si fuese el Steve Jobs de las velas, se debió pasear ante los jefes del departamento de producción, del departamento comercial, del departamento de personal y de ese jefe que está en la empresa desde el principio y nadie sabe qué hace en realidad. Después de moverse alrededor de la mesa y de mirar insistentemente a un powerpoint muy chulo, el cerebrito de la tecnología velera debió sacar su prototipo de alguna caja ante el asombro de los presentes. ¡Oh! Silencio en la sala. ¡Es una vela con un LED en el interior!, debió gritar el más exaltado. Aplausos. Había triunfado. Le había metido un led por el culo a una vela con forma de elefante y los expertos en velas alucinaron. Algo tendrán las velas que hasta las hemos actualizado para que sean puntos de luz en pleno siglo XXI y sin necesidad de un cordel.

Y están las velas del pastel de cumpleaños. Porque están los cumpleaños, ese accidente del calendario que nos recuerda en su cita anual que somos un año más viejos. Celebramos haber llegado vivos a ese momento. Algunos se fueron entre accidente y accidente del calendario. Son ausencias dolorosas que dan mayor sentido a la alegría por seguir respirando pero que en mi caso me provocan tristeza.

Y están las cincuenta velas de mi cumpleaños. En mi caso hay diez de color azul y cuarenta de color rojo. Sí, soy aficionado al Barça. ¿Algo en contra? Lo de diez velas azules y cuarenta rojas viene de una teoría que elaboró mi mujer cuando me olvidé a mi hija en el interior del coche al aparcar en el supermercado. No os preocupéis. No le sucedió nada. Sólo tardé doce minutos y treinta segundos en regresar con la cara más blanca que un Gusiluz albino. Al llegar a los congelados pensé que mi hija tendría frío, pero al intentar ponerle la chaqueta me quedé como Messi cuando celebra goles en el Bernabéu. Lo curioso es que en esos doce minutos y treinta segundos mi hija tuvo tiempo de sobras para evacuar en el pañal una carga suficiente con la potencia de noquear la capacidad olfativa de un equipo de rugby. Tuve que viajar una semana con las ventanillas abiertas para que desapareciera semejante arma química. Pues sí, diez por una parte y cuarenta por la otra. Mi mujer dice que soy un niño de diez años que debe soportar el peso de un adulto de cuarenta.

Ése soy yo. Cincuenta años. Mi niño de diez años es caprichoso, volátil e irresponsable. También sabe ser ingenuo, simpático y, en definitiva, encantador. El adulto de cuarenta está desorientado, se aburre, es previsible, primario e inconstante.

Las velas tiemblan ante la mirada de mis familiares, los amigos y los compañeros de trabajo. Hay móviles haciendo fotos y grabando en vídeo el momento. Mi mujer me ha montado una fiesta sorpresa que no le perdonaré. Había salido del trabajo cansado y con la única recompensa de volver a ver la victoria del Barça al Madrid en el Bernabéu. Gol de Messi en el minuto 92. La victoria. El éxtasis. En vez de eso, me encontré a un grupo de personas escondidas en la oscuridad que después encendieron las luces para gritar SORPRESA. Parecían felices porque yo hubiese alcanzado la mitad de siglo. Yo no lo estaba. Quería ver otra vez el gol de Messi y que nada me recordara mis cincuenta años.

Alguien me grita que apague las velas. En pocos segundos seré el hazmerreír de las redes sociales. Mi cuñado ha comprado unas de esas velas que no se apagan nunca por mucho que soples. Veo el ejército de móviles que me apuntan, la risa incontrolable de mi cuñado, la mirada comprensiva de mi mujer, la belleza de los ojos de mi hija y decido que salga el niño de diez años. La Fanta de naranja llueve sobre las cincuenta velas. Quinientos “me gusta” en el Facebook de alguien con muchos seguidores. Más de doscientos corazones. Una cifra parecida de caras que lloran de la risa. Trescientos comentarios: LOL, pardillo, capullo, parece un niño… Lo soy. Soy un 10/40. Un niño de diez que carga con el peso de un adulto de cuarenta.

Hola, me llamo Dan y he cumplido cincuenta.

Àlex_Ribes

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