No he sabido cómo titular este artículo #BastaDeCatalanofobia

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Estimado, o no:

Tú no me conoces. Yo tampoco te conozco a ti. No sé si tienes muchos amigos, si eres un pagafantas o un pajillero compulsivo. No sé si dejas tu asiento libre en el metro cuando ves a una persona mayor o si piensas que Empatía es una colonia barata. Definitivamente, no te conozco. Y como no te conozco, no sé qué te puede haber impulsado a la escritura de este par de tuits. Quizás buscabas el aplauso de esa parte estúpida de la sociedad, de esas personas que necesitan más abrazos y menos redes sociales. Quizás en alguna parte de tu cerebro, la idea de desear la muerte de otros seres humanos, es el producto de un equipaje de frustraciones que aún no has sabido gestionar. Yo que sé… estamos muy tarados. Pero sí que hay dos cosas que tengo claras.

La primera es que aún estamos en un momento fundacional de las redes sociales. El invento está ahí, las herramientas de comunicación son poderosas. Otro debate es cómo las utilizamos. Si nos sirven para intercambiar información, ideas u opiniones, seguramente todos estaremos de acuerdo en que deberían tener un espacio importante en esto que hemos llamado sociedad de la información. Pero si son instrumentos narcisistas, ególatras, que deshumanizan y que sirven para difundir discursos del odio, lo mejor sería salir de ellas cuanto antes.

La segunda idea que tengo clara es que en España se ha hecho pedagogía del odio. Se han construido, desde diferentes instituciones, discursos que han cargado las tintas contra unos colectivos en concreto. Es muy probable que las ideologías que sustentan estos discursos existan desde hace tiempo, quizás desde siempre. Lo cierto es que en las redes sociales han encontrado el medio perfecto para crecer y hacerse más fuertes.

Yo soy catalán. Nací en Catalunya hace muchos años y he vivido en Catalunya toda mi vida. Mis sentimientos identitarios me pertenecen. Son míos y no debo dar ni un solo segundo de explicación a nadie sobre ellos. Y no hay Constituciones, ni banderas, ni himnos, ni apologetas de la tontería, ni patrioteros con caspa en sus ideas, que me puedan hacer cambiar. También sé en qué tipo de sociedad me gustaría vivir. Se trata de una sociedad diversa, acogedora, respetuosa y en la que todo tipo de lenguas, culturas, religiones, orígenes u orientaciones sexuales tuvieran cabida y pudieran convivir en paz. ¿Ingenuo? Quizás. Pero así es como me han educado y como me he educado. Por eso, no concibo que desde determinados partidos políticos, desde determinadas instituciones y desde determinados medios de comunicación se haya practicado sin complejos la pedagogía del odio hacia los catalanes. Es evidente que detrás de esta pedagogía hay unos resultados electorales o económicos. Si la catalanofobia restara votos o audiencia, seguramente no estaríamos en esta situación de conflicto.

En cada accidente, en cada acontecimiento deportivo, en cada atentado, en cada intervención de un catalán en el espacio público, hay usuarios de las redes sociales que se sienten con el pleno derecho de amenazarnos o de insultarnos, incluso cuando el dolor trasciende fronteras e involucra a menores de edad como es el caso.

Sé que no me leerás. Ya has cerrado la cuenta de Twitter. Tu cara da vueltas por la red. Ya has sido señalado con decenas de insultos. ¿Y ahora qué?

Tú no me conoces. Yo tampoco te conozco a ti. No sé si tienes muchos amigos, si eres un pagafantas o un pajillero compulsivo. En todo caso, hazle una foto mental a este momento. Quizás dentro de unos años descubrirás que actuaste como un miserable (y me quedo muy corto). Quizás dentro de unos años la foto mental de ese tipo que fuiste te provoque náuseas. O quizás, no. En todo caso, te espera toda una vida conviviendo con él. Y eso puede ser muy duro.

Àlex_Ribes

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