La pelusilla del ombligo

carlos

Estimado, o no, Carlos:

Normalmente difumino el nombre y la foto de las personas que hacen comentarios en las redes sociales. Sin embargo, como en esta ocasión has escrito en mi segunda residencia virtual (la página de Facebook de mi blog) no lo voy a hacer. En mi casa jugamos así.

No va a ser motivo de esta carta explicarte las diferencias entre País, Nación y Estado. Hay diferencias, créeme. Me voy a centrar en la vertiente lingüística. Dices que cuando uno va a Valencia o a Galicia no hay ninguna ley que te obligue a hablarla o a entenderla. Bueno, depende. Si vas de vacaciones para pasar una semana o un mes, parece absurdo estudiar un idioma a propósito. Supongo que en eso estamos de acuerdo. Sin embargo, si la estancia significa que vas a trabajar prestando servicios a los gallegos o a los valencianos, sí hay una ley. Se le llama Estatuto de autonomía. En el artículo 5.2 del Estatuto de autonomía de Galicia se asegura que “los idiomas gallego y castellano son oficiales en Galicia y todos tienen el derecho de conocerlos y usarlos”. Además, en el punto 3 del mismo artículo, se dice que “nadie podrá ser discriminado por razón de la lengua”. Por su parte, el Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana afirma en su artículo 6.2 que “el idioma valenciano es el oficial en la Comunitat Valenciana, al igual que lo es el castellano, que es el idioma oficial del Estado. Todos tienen derecho a conocerlos y a usarlos y a recibir la enseñanza, del y en, idioma valenciano”. ¿Y eso qué significa? Pues que si tú eres un dependiente en una tienda, un taxista, o un peluquero y un gallego o un valenciano se dirige a ti en su lengua materna, estando en el territorio gallego o valenciano, tienes la obligación de hacer todos los esfuerzos por entenderle. No sólo lo dice el sentido común, también lo dice esa ley que tanto te preocupa y que intenta garantizar los derechos de TODOS los ciudadanos. A partir de aquí, pueden existir dos posibilidades:

a) la vía cretina. “A mí me hablas en español porque para eso estamos en España”.

b) la vía asertiva. “Disculpa, llevo poco tiempo aquí y todavía no entiendo el gallego o el valenciano. ¿Le importaría repetírmelo en castellano?”.

Estas dos posibilidades, además plantean dos relaciones causa-efecto. Ante la primera opción, el gallego o el valenciano se puede ir a otra tienda, coger otro taxi o cortarse el pelo en otra peluquería. Dependiendo de su educación, quizás le envíe recuerdos a tu familia. Ante la segunda opción, el interlocutor puede cambiar de idioma o utilizar la vía retrocretina (que es ser cretino cuando no había ninguna necesidad).

Eso sí, hay algo que te debe quedar claro. Tú puedes hablar en el idioma que quieras. Otra cosa es que te entiendan las personas a las que te diriges. Puedes hablarle en japonés a un francés que lo único que sepa decir en japonés sea sushi. Puedes gritar como un delfín. O puedes comprarte una linterna e ir comunicándote por la calle en código Morse. A partir de esta libertad como hablante, puedes parecer un personaje manga con problemas de ubicación espacial, un delfín en “Buscando a Nemo” o un Gusiluz en busca de abrazos. Es tu elección. Eso sí, si tanto te importa España, deberías buscar la solución a dos errores:

a) el error de que un Estado significa una lengua y

b) el error de que las lenguas grandes deben comerse a las pequeñas. Especialmente cuando la gasolina que hay detrás de este razonamiento es un colonialismo cultural ombligocéntrico, casposo y anacrónico.

En resumen, si uno va a Galicia o a Valencia, además de disfrutar de sus indudables encantos, debe ser respetuoso con las personas que hablan, leen, escriben, piensan o sueñan en su lengua materna. Y si uno va a Galicia a decir que el marisco que hay allí es una mierda, a Valencia a afirmar que la paella estriñe o a EXIGIR a la gente que le hable en español porque para eso estamos en España… no sé, quizás lo mejor es quedarse en casa haciéndole selfies al ombligo y aprovechar la ocasión para quitarle las pelusillas.

Àlex_Ribes

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