Carta a un joven franquista

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Estimado, o no, joven franquista:

No sé si te sentirás aludido con esta carta pero, en todo caso, te escribo a ti, al seguidor de aquél tipo de Ferrol que tanto daño hizo a este país. Te escribo a ti pero no con la idea de convencerte. De hecho, me resulta indiferente la evolución ideológica que puedas tener en el futuro (si es que tienes alguna). Te escribo como un ejercicio de afirmación personal y con la convicción de que somos muchas las personas que estamos hartas de tipos como tú. Dudo que comprendas lo que te voy a decir. Ojalá. Ojalá por un segundo las siguientes palabras te hagan reflexionar. Pero te escribo también desde la modestia de alguien que no pretende ningún cambio de actitud en sus lectores. Me conformo con que llegues al final de este texto. Ya será mucho.

Estamos en el año 2017. Concretamente en el 26 de junio de 2017. Eso significa que desde que Franco firmó el último parte de guerra han pasado 78 años, 2 meses y 25 días. Eso es mucho tiempo. Al menos, el suficiente para que dejes de tener la idea de que eres vencedor de algo. Tú no ganaste ninguna guerra. No te sientas vencedor de nada. Tampoco te sientas perdedor. Simplemente, considérate un viajero en el tiempo. Alguien al que el azar cromosómico lanzó en un lugar y en un tiempo. Por lo tanto, no tienes ningún derecho adquirido en tanto vencedor de aquella guerra y, mucho menos, en tanto conquistador, virrey o vete a saber qué te sientes en la escala del “yo gané y tú no”. ¿Te queda claro?

En segundo lugar, ¿en serio crees que los demás tenemos que sentir lo mismo que tú? ¿De verdad crees que yo me tengo que emocionar con el himno y la bandera de España como a ti te sucede? ¿Eso dónde está escrito? En la Constitución no hay ningún artículo que hable de sentimientos. Por eso, permíteme que te diga que de mi construcción emocional ya me encargaré yo. Ya decidiré yo cuál va a ser mi equipaje emocional en esta vida. Es que seguramente me emocionaré más con un Nocturno de Chopin (sin haber estado todavía en Polonia) que con el himno de España. Respeto que a ti te suceda al revés. Pero, precisamente, ésa es una de las diferencias entre tú y yo. El respeto. Y si me dices que si no me siento español, lo que debo hacer es irme, estás muy equivocado. Yo no debo irme del lugar en el que he vivido siempre. Entre otras razones porque no somos hijos de un territorio, somos hijos de una construcción social, pactada, negociada, con espacios públicos que regulamos entre todos y en los que todos los que quieran compartirlos se deben sentir bien (a pesar de que no respondan al cien por cien de sus opiniones). Se le llama democracia, dicen. Ya sé que a ti no te gusta la democracia. Lo que te pone es que una minoría beneficiada por el sistema se imponga a una mayoría y, sobre todo, que ese sistema de oligarcas no cambie. Eso sí, si además eres un perjudicado por un sistema que aplaudes porque te da un himno, una bandera y un nacionalismo que hace que te sientas algo en este mundo, perdona que te diga, pero eres un pringado. Si eres franquista, al menos que sea para beneficio propio. Siempre que das palmas, hay alguien que gana mucha pasta por bailar (o por simular que baila).

Pero hay algo que me deja mucho más intrigado aún: la estética. En el año 2017 la gente se enamora a través de las redes sociales de alguien que está a miles de kilómetros de distancia (que no sé si es bueno o malo pero es), se han hecho enormes avances en los estudios del genoma humano, la tecnología ha realizado unos progresos increíbles en muy poco tiempo y la sensación de cambio y de obsolescencia es permanente. Y en medio de esta sensación de estar permanentemente en el futuro, irrumpís vosotros con la foto de un tipo que murió en el 75, con unos discursos anacrónicos y con unos modelo de sociedad, políticos y económicos, no ya superados, sino superadísimos. ¿En serio creéis que hablar del modelo social, político o económico del franquismo es algo compatible con el siglo XXI? Vistos los resultados electorales parece ser que sí, que hay un elevado grupo de personas que creen en eso. Yo no, evidentemente. Los retos sociales, políticos, económicos, ambientales, de sostenibilidad del sistema, de globalización o de movimientos migratorios son tan absolutamente complejos que no sé cómo encajarlos con un tío cuya máxima filosofía vital es “una, grande y libre”. Se me hace muy difícil.

Quizás esté equivocado pero no me rindo. Defiendo otras ideas. Entre otras razones porque tu filosofía es la de imponer, la de negar, la de castrar, la de anular al oponente. Y no. Las cosas no son así. No deberían ser así. Defiendo el bien común, la protección de los grupos más débiles de la sociedad, la diversidad lingüística y cultural, la libertad sexual y, en definitiva, el estado del bienestar. Y me da igual que la socialdemocracia esté en crisis, que la ultraderecha quiera conquistar espacios en Europa o que a veces los líderes mundiales parezcan iluminados en favor de extrañas causas. Creo que una sociedad basada en la eliminación del contrario simplemente no es sostenible, ni justa, ni decente.

Me despido de ti, joven franquista. Esta carta podría ser mucho más larga. Me han quedado muchas cosas por decirte pero, ¿sabes qué? La vida espera. Más allá de blogs, de Facebook, de Twitter, del parlamento, de tertulias, de portadas incendiarias, de encuestas o de postverdades, la vida espera. Y eso es tan valioso que no hay banderas, ni himnos, ni cabras, ni amenazas, ni insultos, ni imposiciones, ni urnas prohibidas que valgan un miligramo de lo que vale la vida de una sola persona, única, irrepetible y libre.

Àlex_Ribes

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