Chup… chup… chup… el agua hirviendo

enquesta

Después de ver el documental de Jaume Roures y los periodistas Carlos Enrique Bayo y Patricia López, LAS CLOACAS DE INTERIOR, hice una encuesta en Twitter para comprobar qué pensaban los seguidores acerca del posible impacto del magnífico trabajo periodístico en España. Concretamente la pregunta binaria era: si se viese el documental LAS CLOACAS DE INTERIOR en España, ¿tendría el PP la mayoría absoluta en las próximas elecciones? El resultado fue de un 84% para el sí y un 16% para el no.

Tengo la impresión de que el umbral de sorpresa ante lo que es un escándalo de corrupción está enormemente alto. De alguna manera, sucede lo mismo que la mirada ante la televisión basura. Lo que antes era un “escándalo” en un plató, ahora no despierta ningún tipo de polémica. Supongo que los más mayores recordarán lo que se habló del pecho saltarín de aquella cantante italiana, Sabrina. Después de lo que ya hemos visto en un plató, lo del pecho fugaz resultaría hoy una anécdota sin importancia.

Hace unos años, que un político fuese imputado en un caso de corrupción, parecía el fin del mundo. Ahora es algo casi normal en este país supuestamente tan democrático. Ya sabéis el ejemplo recurrente que se explica de la rana introducida en un recipiente de agua hirviendo. Si la tiras cuando el agua hierve, seguramente saltará y se salvará. Si la introduces en agua a temperatura ambiente y la vas calentando poco a poco, es probable que muera. ¡¡¡Por favor, ni se os ocurra probarlo!!!

Los españoles se han ido sumergiendo poco a poco en un ambiente político de corrupción y forma ya una parte tan importante del marco mental que no sorprende nada. Han visto los ciudadanos a alcaldes esposados, a exministros pendientes de juicio, a miembros de la familia real en el banquillo de los acusados; han visto tantos casos de corrupción que ya empiezan a faltar nombres para distinguir unos de otros, han escuchado (si es que les ha llegado) una conversación entre una diputada catalana y la exmujer del hijo de Pujol grabada con un micrófono oculto y han oído (algunos, espero) que un ministro de interior en su despacho conspiró con el director de la Oficina Anticorrupción de Catalunya para fabricar pruebas falsas en contra de rivales políticos. Y no pasa nada. La rana, tranquilita en su jacuzzi, viendo cómo cada vez hay más burbujitas y le suda su bigote de batracio. Croac, croac.

Por otra parte, el gobierno se ha esforzado en potenciar una especie de ingeniería lingüística para que el relato del independentismo sea poco menos que una historia de terror de Edgar Allan Poe (ya sé que hablar de ingeniería lingüística en Rajoy puede ser un poco arriesgado). Se han utilizado expresiones como “fractura social”, “romper España”, “radicales”, “golpe de Estado” o “terrorismo” y la caverna mediática nos ha comparado con terroristas, yihadistas, norcoreanos, bolivarianos, nazis y nos ha etiquetado con toda una suerte de adjetivos más propios de una película de acción que de un referéndum. Alicia Sánchez Camacho, en un momento de paroxismo lisérgico, llegó a decir: “que no se pueda votar es una gran victoria de la democracia”. En fin… ahora forma parte de la mesa del Congreso. 

A esta anestesia se suma otro factor: la catalanofobia. Se ha normalizado. En los discursos políticos, en la prensa, en la televisión, en la radio, en las redes sociales… El odio a todo lo que empieza por “cata” y acaba por “lan” está muy presente. No es una opinión, es un hecho. Y no son sólo tuiteros con problemas emocionales. Son cargos políticos, periodistas, escritores, filósofos. Llevo siete años escribiendo respuestas desde el blog a esta catalanofobia. No me la invento. Está cada día en diferentes medios. Y me indigna. Como también me indignan la hispanofobia, la homofobia, la xenofobia, etc, etc… No es la sociedad en la que creo.

¿Si se viese el documental en toda España el PP ganaría las próximas elecciones por mayoría absoluta? No lo sé. Sin embargo, hay una parte de mí que piensa que las perversas, amorales e indignas maniobras del ministro y de su “cabo” se justificarían por gran parte de la sociedad. Al fin y al cabo, fueron en contra de los que fracturan sociedades, rompen España, son radicales y, en definitiva, son muy malotes porque quieren votar, cuando el libro gordo de Petete del 78 lo prohíbe (según ellos, claro). Tengo la impresión de que a muchos de los votantes de Podemos les indignaría el visionado del documental pero su indignación no pasaría de unos cuantos tuits, no se lanzarían a las calles pidiendo… no sé… el unicornio del federalismo y el amor universal. Al fin y al cabo, son los de las “cajitas” y los artículos de “los catalanes de arriba y los catalanes de abajo”, en plan anuncio de detergente (leed el famoso artículo de Alberto Garzón en Público). Yo, que queréis que os diga, el amor fraternal tan precioso que nos pinta la izquierda podemita, no lo acabo de percibir. Quizás soy poco sensible, o un amante muy exigente, pero en los chascarrillos maños de Echenique o en el paternalismo de Garzón, no lo acabo de ver. 

En el 2012, la activista y pensadora Susan George dijo acerca de los recortes y del rescate de los bancos que “los españoles son ratas de laboratorio: a ver cuánto castigo toleran sin rebelarse”. Pues eso. Y mientras, chup, chup, chup, el agua hirviendo. Y el 1 de octubre que tarda mucho en llegar. Hace calor, ¿no?

Àlex_Ribes

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