Aquí vive la felicidad

catalufos cabrones

Estimado, o no:

Me estoy haciendo mayor. Y lo sé no sólo por los dolores que noto en diferentes zonas del cuerpo al levantarme por las mañanas. Lo percibo también en situaciones que no acabo de comprender. Por ejemplo, el otro día vi un vídeo de una discusión entre un taxista y un conductor de Cabify en Barcelona. Discusiones he asistido a muchas pero hubo algo en ésta que me dejó descolocado. Resulta que los dos conductores decidieron coger el móvil y grabar a su interlocutor mientras se decían de todo. Con el agravante, que en mi opinión de profesional del audiovisual debería estar penado con prisión, de que grabaron vídeos verticales. Es decir, cada uno de ellos tiene en sus móviles a un señor gritando con la voz en off de ellos mismos, también gritando. Ya sé que lo hicieron como prueba de lo que podía pasar pero, aún así, me resulta extraño. Empiezo a visualizar peleas familiares de Navidad con la suegra grabando al yerno, el yerno grabando al cuñado, el cuñado poniéndole sin querer orejas de conejo con el Snapchat a su suegro… y los niños flipando con la escena. No vamos bien en este mundo digital.

Me dejan bastante descolocado también las fotos de pies en la playa que se comparten en Facebook, los miles de selfies que la gente cuelga en Instagram producto de un narcisismo ilimitado y, sobre todo, algunos comentarios en las redes sociales.

Esto no viene de ahora. En Pompeya se han descubierto unos diez mil graffitis escritos por personas del siglo I d.C. “Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario”, “tómate una cocinera; así, cuando te venga en gana, puedes servirte de ella”, “Cosmo, hijo de Equicia, gran invertido y mamón, es un pierniabierto”, “Félix chupa por un as” y así una enorme oferta graffitera. No tenían Twitter pero, como ves, dejaban sus pensamientos para la eternidad.

Ahora hemos llegado a situaciones que en ocasiones se me antojan surrealistas. Por ejemplo, tu tuit. Resulta que debías estar aburrido a las nueve y media de la mañana, cogiste el móvil y pensaste: “¿qué puedo hacer para que mi cuenta se llene de retuits y likes con el mínimo esfuerzo? Ya está: meterme con los catalanes”. ¿Para qué dedicar un solo segundo a pensar? Los más de tres mil años de cultura transmitida y los catorce mil millones de neuronas de un cerebro adulto puestos a disposición de dos palabras: “catalufos cabrones”. Y no sólo eso: catorce mil millones de neuronas de otro cerebro adulto utilizados para hacer un click en el corazón. En resumen, tenemos veintiocho mil millones de neuronas adultas que en un instante de la evolución humana y como un reflejo de sus años de crecimiento neuronal y formación académica, emocional e intelectual deciden que las palabras “catalufos cabrones” son la aportación más brillante de que son capaces, tanto por escribirlas, como por gozar de ellas. Pues eso… que me estoy haciendo mayor, que hay cosas que no comprendo. Que no se trata de resolver un sistema de ecuaciones o un logaritmo, que estamos hablando de cómo nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. Y mientras, el mundo se llena de vídeos verticales con seres humanos insultándose, de fotos de gente sonriendo a la cámara delante de un espejo y de comentarios en las redes sociales que lo único que hacen es exteriorizar odio a modo de extraña terapia emocional. ¿No nos estaremos sintiendo demasiado solos? ¿No nos estaremos rodeando de tecnología para engañar a la soledad? ¿No continuamos igual de perplejos que los pompeyanos ante esta experiencia que es la vida? No lo sé… lo cierto es que un anónimo pompeyano creyó encontrar la felicidad en una parte de su cuerpo. Dejó para la posteridad un “hit habitat felicitas” (aquí vive la felicidad).

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