Carta al editor de ¡HOLA!

revistahola

Estimado, o no, editor de ¡Hola!

Miro la portada y veo propaganda. Veo la clara intención de aprovechar un hecho profundamente doloroso, como es un atentado terrorista, para colar una idea: la de la omnipresente monarquía que cuida de todos los españoles como una especie de hermano o hermana mayor, como Wendy en el país de Nunca Jamás.

Ni siquiera veo lágrimas. Veo ojos cerrados, que tanto se podrían aplicar para un eclipse de sol como para un estreñimiento. No veo elegancia o discreción. Veo al cuñado que en la boda va publicitando a todos los comensales el regalo tan caro que ha hecho a los novios, veo al hortera dando vueltas por el barrio con su coche nuevo para activar la envidia de los vecinos, veo a la pija sin clase que en una fiesta alza su mano compulsivamente para que todos contemplen el anillo de brillantes que la ha regalado el maromo. En definitiva, veo más postureo que en el Kamasutra.

Veo también un NO-DO 2.0. El NO-DO digital, de redes sociales, periodismo de click, sensacionalismo a costa de dramas ajenos, el instante en forma de píxeles fáciles de compartir. Se me aparece Franco acariciando a niños. Porque los niños son inocencia y, aunque sea por proximidad, hay adultos que piensan que algo se les pegará porque, al fin y al cabo, es mejor que los vasallos del reino te vean con un niño herido que con un señor con turbante al que le vendes armamento. Mucho mejor, claro.

Veo que hay editores de revistas del corazón que no han leído Códigos Deontológicos como el del Col·legi de Periodistes de Catalunya que en su artículo 11 dice: hay que evitar difundir la identidad de los menores cuando aparecen como víctimas (excepto en supuesto de homicidio y casos de secuestros o desapariciones), testigos o inculpados en causas criminales. Y sí, quizás se tenga el consentimiento de unos padres, en un momento vulnerable, en un momento en el que aún intentan interiorizar lo que les ha sucedido. Por eso es un código deontológico, ético, un código que marca conductas que no te dicen lo que es legal o no, sino lo que se adecua a unos valores socialmente compartidos o no. Por eso yo no quiero reyes en busca de fotos. De hecho, yo no quiero reyes… y punto. Admiro la discreción, la elegancia, el saber estar sin que se note. Admiro los gestos sinceros, sin cámaras, cuando solamente lo ven los interesados, cuando no hay retuits, ni portadas. Puedes vestir con ropa de marca, puedes llevar toda la gama de pantones (un color para cada día), puedes leer discursos que te han escrito y fingir aquello que no sientes… eso es fácil, pero la elegancia no tiene absolutamente nada que ver con algunas portadas, ni con la exhibición, sino que es algo mucho más costoso de conseguir y no distingue de clases sociales.

Construir una vida es difícil, muy difícil. Ser espectador de vidas ajenas o protagonista de la tuya no es nada fácil. La construcción de vidas, la confección de identidades, llenar el equipaje vital de emociones, de sentimientos y de sinceridades resulta una tarea que se hace a fuego lento, día a día. Nosotros, los anónimos, tenemos vidas. Vosotros tenéis un relato. El relato de Wendy y los niños perdidos. La unidad, la Constitución, la bandera, el himno, los reyes… Eso es un relato. Aviváis el relato con reportajes fabricados, con portadas, con titulares llamativos… y con mucha manipulación. Estos días la intoxicación periodística ha alcanzado cotas difícilmente imaginables. El periodismo ha dejado de ser referencia informativa. Y está el relato pero es sólo eso, un relato. Detrás hay millones de vidas que quieren ser, sin que les llenen la cabeza de idioteces, de cuentos de princesas de papel couché o de proyectos políticos trasnochados y anacrónicos. Quizás algunos deberían hacer caso a Wendy cuando, en la maravillosa novela de Peter Pan, dijo aquello de: “si no sirvo para nada, al menos puedo retirarme”.

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