¿Por qué algunos supremacistas están gordos?

franciscolengua

Estimado, o no:

Uno de los grandes misterios de la Humanidad es por qué algunos supremacistas están gordos. Los ves con sus embarazos de trillizos pasearse con antorchas mientras exigen bajo amenazas que el mundo sea como ellos y piensas: con el esfuerzo que debe suponer cargar con tus miserias e intentar demostrar lo indemostrable, deberías consumir muchas calorías por el camino y estar más delgado que los pelos neoliberales del bigote de Aznar. Pero no, ahí están con sus panzas, sus calvas y su supremacismo.

Ser supremacista es como intentar demostrar que la ley de la gravitación universal no existe. “La fuerza de atracción entre dos cuerpos es directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa”. Simple, ¿no? Pues el supremacista gravitacional seguro que intentará rebatirlo. Se inventará leyes que nadie ha demostrado y repetirá frases que no entiende pero que habrá leído en algún sitio (si es que sabe leer, claro). Un supremacista, por definición, es un idiota que cree que es mejor por pertenecer a un grupo determinado. Eso sí, de la definición, la palabra más importante es “idiota”. Porque creerse superior por pertenecer a un grupo es del género de los idiotas. Y da igual si lo que sustenta tu proyecto vital fallido es el color de la piel, una bandera o una religión. La idiotez no se va de tu sistema de creencias así como así.

Pero de todos los supremacistas, los que suelen producir más vergüenza ajena son los supremacistas lingüísticos. Y es que a los catalanes nos ha tocado sufrir a los supremacistas lingüísticos españoles. El españolismo lingüístico se basa en la supremacía del castellano frente al catalán, al euskera, al gallego y al resto de lenguas que se hablan en territorio español. Y sí, el castellano es una lengua muy útil que hablan unos 400 millones de personas. Sin embargo, no conviene olvidar que su expansión no sucedió gracias a una efectiva política de academias con tarifa plana y horarios flexibles en América del Sur, sino a una colonización violenta. También es necesario recordar que en el planeta Tierra hay 7.100 millones de personas que si les dices “los cojines de la reina, los cajones del sultán. ¡Qué cojines! ¿Qué cajones! ¿En qué cajonera van?” no se reirán cuando se te escape la palabra cojones porque no se enterarán de nada.

La teoría de los supremacistas lingüísticos, por lo que hace referencia a Catalunya, consiste en que debes dejar de hablar, de escribir, de pensar y de vivir en catalán porque no es una lengua útil. Es como, si de repente, alguien dijera que se acabó lo de tener relaciones sexuales con la postura del misionero porque puede producir dolores de espalda y que utilizar la del perrito te hará mejor persona en un mundo globalizado. En fin, pobre Vatsiaiana, con lo que se lo curró escribiendo el Kamasutra. La de Réflex que debió consumir en las sesiones prácticas.

De esta manera, se produce una preciosa paradoja: el bilingüe que quiere conservar algo tan importante de su cultura como es la lengua con la que ha crecido, es visto por el supremacista como un individuo radical y paleto incapaz de abrirse al mundo exterior. Y, en cambio, el supremacista que habla un solo idioma se ve a sí mismo como alguien universalista. Después viajan a Estados Unidos con la esperanza de que algún hispano les atienda en el restaurante para no parecer un niño pequeño señalando las cosas con los dedos. Yes, yes… yes… dis, dis… no de oder, cojones.

En fin, Francisco, el supremacismo es una más de las idioteces que ha inventado el ser humano para no sentirse miserable en un mundo complejo. Luchar por tu cultura frente al monstruo implacable de la colonización cultural es una bella lucha porque del resultado de esta lucha dependen los hijos de tus hijos. Y no es mierda política, es dignidad. La afirmación “la región no tiene lengua materna porque no habla” la pondremos en el Hall Of Fame de frases chorras como la atribuida a Yola Berrocal: “hale, hale. Vamos, que es gerundio”.

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