El día en el que eché de menos a Lou Grant

portada periodico

Hubo un tiempo en el que me gustaba leer periódicos. Me sentaba ante esas hojas de papel llenas de textos y de fotos con la sensación de que iba a descubrir aspectos nuevos de una realidad que me costaba entender. Me gustaba el periodismo. Veía películas como “Todos los hombres del presidente” o “Primera plana” y series como “Lou Grant” y pensaba que era un oficio maravilloso, noble y con una cierta actitud de mejora social. Ya sé que era ficción lo que yo veía pero estaba “la verdad”. La verdad como concepto, como valor y como búsqueda infatigable. El periodismo era el cuarto poder, una especie de vigilante de los otros tres poderes, dispuesto a denunciar las injusticias con un espíritu de servicio al ciudadano. Era el PERIODISMO, con mayúsculas. Quizás lo sigue siendo en su esencia pero algo ha cambiado y no a mejor precisamente.

Recomiendo con todas mis fuerzas el documental “Page one, a year in The New York Times” dirigido por Andrew Rossi en el 2011. En él se habla de la profunda crisis de los medios tradicionales en papel, envueltos en cierres de periódicos y despidos de profesionales. Se habla también de la irrupción de los medios on line y de las redes sociales como un nuevo paradigma en la difusión de la información. Cuando lo veáis os enamoraréis de David Carr. Como explicó Marc Bassets en El País “tenía la voz ronca de un pirata, los andares desgarbados de un Quijote y la mirada inquisitiva de Sherlock Holmes”. Era un periodista de raza, de aquellos que aún resultaban insobornables. Uno de esos periodistas dispuestos a trabajar para el ciudadano y no para el poder. Utilizó como nadie la técnica del fact checking, consistente en comprobar los hechos y datos que se usan en los discursos para detectar mentiras o errores. Y es que medios como Der Spiegel llegan a utilizar hasta ochenta periodistas para esta labor. En el documental también se mencionan casos como el de Judith Miller, experiodista de The New York Times que, con una serie de artículos con información errónea, alimentó el fantasma de las armas de destrucción masiva de Hussein. También aparece el caso de Jayson Blair que había plagiado, copiado, inventado, exagerado y falsificado muchos de sus artículos. Tanto había mentido que ni siquiera era periodista, ya que abandonó la carrera en el último año. Hasta los grandes medios tienen páginas por borrar.

Sin embargo, lo que está sucediendo estos últimos días en el panorama periodístico español es difícil de explicar. No sólo por las mentiras que se están fabricando sino, sobre todo, porque la coartada es una tragedia con muertos y heridos. Ni siquiera eso se respeta. Que la agresividad iba a ser extrema en lo que queda hasta el referéndum (y lo que vendrá después) ya lo intuíamos, pero es que lo de hoy con la nota de la CIA de El Periódico es de un paroxismo difícilmente justificable. No voy a analizar todo lo que se ha dicho sobre la nota porque de eso ya se han encargado los expertos en estos temas. Yo sólo hablo como ciudadano al que le gustaba el periodismo y que confiaba en los periodistas. Mi resumen es muy claro: si leo un periódico con la sensación de que lo que me va a explicar es cierto, es porque confío en él. El mismo principio supongo que aplicamos en todas nuestras relaciones sociales. Si un amigo nos miente una vez, quizás le perdonemos, pero a la segunda ocasión su credibilidad empezará a estar en crisis. Ha llegado un punto en el que resulta muy, pero que muy difícil, confiar en el periodismo español (incluyo el catalán, que conste). Un informe de la Universidad de Oxford del año pasado concluyó que los medios españoles son los menos creíbles de los once países consultados en Europa y los segundos menos creíbles de los doce estudiados de todo el mundo. Ésa es la foto del cuarto poder en España. ¿Y qué es un medio de comunicación sin credibilidad? Nada. Su producto se supone que es la información veraz. Y si el consumidor ha perdido la confianza en su capacidad para transmitir verdades, lo único que le queda es la agonía. No hablo de la objetividad que se supone que deberían tener porque quizás no exista. Cada medio defiende una ideología y eso es difícil de evitar. Hablo, simplemente, de no inventar noticias. Sólo con eso me conformo. Y es muy poco. Después, las conclusiones serán unas u otras, las opiniones divergirán, pero la verdad debería ser sólo una.

Para los que veáis el documental que mencionaba antes os adelanto una escena maravillosa. En ella, David Carr pone en su sitio a Shane Smith, fundador del emporio mediático de la era de Internet Vice. Ante una crítica al periodismo que practica The New York Times, Carr responde: “antes incluso de que fuerais allí, nosotros habíamos mandado a periodistas a informar de genocidio tras genocidio (nota: se refería a Liberia). Sólo porque os hayáis puesto un casco de safari y hayáis visto algo de mierda, no tenéis derecho a insultar lo que nosotros hacemos”. Supongo que a esto se le llama orgullo, algo que echo de menos en muchos periodistas, más dispuestos a lamer la mano del poderoso que a explicar la verdad. Eso sí, el mérito de Enric Hernández es que ha conseguido que Julian Assange de alguna manera defienda a la CIA. Curioso, realmente.

assange

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