Tú, si quieres, vota no. Yo votaré sí

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Las discusiones tienen dinámicas muy curiosas pero todas suelen empezar de la misma forma: alguien se siente molesto. Esta molestia se puede expresar bien o no. Dependerá de la educación y de la inteligencia emocional del protagonista. Puede realizar un magnífico despliegue de asertividad o puede convertirse en un video viral de Gran Hermano. Si se produce esta segunda opción (gritos, insultos, amenazas o salidas de tono) es probable que la discusión se centre más en la forma que en el fondo. En este caso, la persona que se siente molesta ya ha perdido. No se hablará de lo que le molesta, sino de las formas. ¿Por qué me gritas? ¡No me amenaces! ¡No tenías ningún motivo para hablarme así! Todas estas expresiones del generador de molestia rebotarán en la cara de quien necesitaba expresar su molestia. En demasiadas ocasiones la víctima se convierte en culpable y el culpable en víctima. Quien pide perdón es quien ahora se siente doblemente mal: acumula la primera molestia origen de la discusión y el hecho de haberse equivocado en las formas.

Los catalanes nos hemos sentido mal, especialmente desde el 2010. Votamos un Estatut que nos recortaron, lo que nos convierte en la única comunidad autónoma que posee un estatuto que no se corresponde a lo que votó el electorado. El déficit fiscal continúa. Las deficiencias en infraestructuras continúan. Los ataques a la cultura catalana continúan. Las amenazas y las inhabilitaciones a cargos públicos probablemente continuarán. Como interlocución hemos tenido ante nuestras caras una enorme imaginación lingüística en el uso de las comparaciones para convertir un referéndum, las urnas y las papeletas en “golpes de estado”, “ataques a la democracia” y toda una suerte de armagedones varios. La adrenalina se ha concentrado en la saliva y ésta ha llenado las mesas de tertulianos hiperexcitados y las pantallas de ordenador de periodistas al borde del ictus patriótico. Mientras, nosotros, con nuestras manos unidas formando cadenas humanas, cartulinas de colores y camisetas con huevos fritos que nadie sabía qué simbolizaban. Este año, todos de fosforito, dispuestos a cambiar las ruedas para ir más rápido, cómodos y seguros al 1 de octubre.

Y al final, ¿qué queda? Queda la típica dinámica de la discusión: el punto en el que quizás ya no se recuerde el origen y la sensación de que en el minuto 0 la solución hubiese sido más sencilla. Por eso, quiero recordar a todos los unionistas hiperventilados a los que les han convencido de que votar en un referéndum de autodeterminación es un ataque a la democracia y un golpe de estado, que la solución es muy simple: votad no. El 1 de octubre acercaros a la urna y votad no. Cuando se cierren los colegios electorales, se contarán las papeletas y si hay más papeletas negativas que positivas, el presidente de la Generalitat convocará elecciones autonómicas y todo continuará igual, que es lo que vosotros queréis. He dicho que todo continuará igual pero es probable que me haya equivocado. Algunos, de un modo u otro, ya nos hemos independizado. Ha llovido mucho durante estos años y las discusiones desgastan, los equipajes emocionales se hacen más ligeros, los reproches tienen eco y los viajes te sitúan en lugares diferentes al de partida. Yo votaré sí. Un sí como una casa. Aunque sólo sea por no ponerme camisetas fosforescentes. 

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