Los tuits escupitajo

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Estimada, o no:

Además de escuchar a Marhuenda, saber que en el mundo hay personas como Pérez-Reverte y ser consciente de que los fascistas consumen el mismo oxígeno que respiramos todos, ya que si fuese CO2 al menos contribuirían a disminuir el efecto invernadero, hay otras situaciones que detesto. Una de ellas además me produce náuseas. Te la explico. Vas en el metro pensando en tus cosas (bueno, en tu caso sería el mantra pijos catalufos, pijos catalufos, pijos catalufos…). De repente, un tipo decide que la mucosidad acumulada en el interior de sus fosas nasales debe ser nominada para abandonar así su encierro, como en Gran Hermano pero con más riqueza intelectual. Este tipo, en un alarde de conocimiento del cuerpo humano, cree que resulta más fácil que esa mucosidad sea liberada por la boca, en vez de utilizar la tecnología de un pañuelo y probar suerte con la distancia más corta. Esta decisión tan poco meditada le lleva a un sonoro ejercicio de introspección nasal.

El silencio del metro se ve interrumpido entonces por el asqueroso ruido de un tipo llevando toda su carga de mocos a los pisos superiores. En ese momento siempre tengo la sensación de que la verde masa atraviesa todo el interior del cráneo en busca de una salida. Se adhiere al bulbo raquídeo para después pasearse por el cerebelo, saluda a los diferentes lóbulos y vuelve al punto de partida más sabia. Eso sí, se trata de una operación compleja y arriesgada. Si en esos instantes el tipo es sorprendido por un estornudo, se puede producir un efecto de descompresión que acabe con su cabeza estallando cual personaje de peli de terror o Álvaro Ojeda perdido en la sección de libros de El Corte Inglés.

Pues nada, ahí tenemos al tipo que ha logrado finalmente que sus secreciones nasales alcancen la faringe, evitando incluso que se desvíen de camino y lleguen a la laringe o “tubito de no me hagas reír cuando bebo que casi me ahogo, cabrón”. Los mocos ya están en la boca, han alcanzado su penúltimo objetivo. El último es la libertad. ¡Nos pueden quitar la vida, pero no nos pueden quitar la libertad”, diría un moco con facilidad para aprenderse de memoria frases cinematográficas. Ha llegado el momento, la escena obligatoria. Sabemos que después del rayo viene el trueno, después de Enric Hernández viene una nota falsa de la CIA y después de una operación nasal de semejantes características viene el escupitajo.

Hay un momento de tensión en el metro, se respira una cierta intranquilidad colectiva, como cuando el rey aparece vestido de militar. Todo el mundo sabe que el tipo escupirá. Nadie acierta a adivinar en qué lugar en concreto. Las alarmas antibombardeos llevan rato sonando en la mente del pasaje. Se cruzan las miradas suplicando clemencia, un niño se tapa los oídos, el adolescente con auriculares sube el volumen de la música que iba escuchando, la cámara avanza lentamente hasta acabar en un primer plano del tipo y, en cámara lenta, la masa mucosa abandona la boca del sujeto en un cierto estado de ingravidez momentáneo. Grrrrrrrrrr…. puaffffffffffffffffff… ¡¡¡Vuela, pollo, vueeeeelaaaaa!!! Silencio. La carga letal cae a una aceleración de 9,8 metros por segundo al cuadrado que se hacen eternos. Por fin, llega el chooooooofffff. El tipo, orgulloso, mira su contribución a la sociedad. Tiene deseos de firmarlo como si se tratase de un cuadro de drip painting realizado por Jackson Pollock.

Todo el pasaje sabe que ahora el suelo esconde una sorpresa que se debe evitar. Es muy probable que, a lo largo del día, un ser sin demasiada fortuna sitúe su pie sobre esa acumulación de ADN. Es el azar, unos pocos centímetros cuadrados en la inmensidad del vagón, pero es el símbolo de la mala educación. Pues bien, te he explicado con tanto detalle esta situación para que sepas que los tuits escupitajo como el tuyo son algo parecido. ¡¡¡Vuela, pollo, vueeeeelaaaaa!!!

nou final

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