¿Qué hacemos con los tontos?

zaragoza

Se habla mucho de reciclaje: los envases aquí, las botellas de vidrio allá, papel y cartones en este otro contenedor… Sí, ya… ¿pero qué hacemos con los tontos? ¿Qué herramientas tiene la sociedad para vehicular la ira de los tontos y meterlos bajo la alfombra de la democracia? No me malinterpretes. Cuando cito al tonto paradigmático no me refiero a nada que tenga que ver con coeficientes intelectuales. No todos debemos ser genios con la capacidad para ser recordados por generaciones posteriores. Me refiere al tonto que no sabe vivir en sociedad, al tonto que insulta, amenaza, agrede… A ese tonto incapaz de gobernar su vida bajo unos mínimos valores morales. Al tonto que ni siquiera sabe que es tonto y que camina por la vida con su equipaje de residuos intelectuales adheridos a su alma.

Al tonto se le utiliza, se le explota. Al tonto se le da una bandera y un himno, se le dice que es un patriota y ya lo tienes contento. Al fin y al cabo, ya no tiene nada más. No destaca en nada. No tiene más afición que ser tonto y hacer gala de ello. Porque si algo tiene el tonto es que se reivindica, se une a otros tontos y se reconoce en su causa común. Y ahí está con su banderita buscando la cámara con la mirada que le dé su segundo de fama, llenándose el gaznate de vino peleón en la barra del bar, mientras sonríe al ver su jeta en el Telediario.

Los tontos quieren imponer su franquicia tonta. En sus ridículas visiones sobre el futuro se ven rodeados de millones de tontos que piensen como ellos. Pero si algo no perciben es que son minoría y que necesitan oponentes para sentirse vivos. Su existencia se basa en el contraste con la mayoría, los que sí saben vivir en sociedad, los que aceptan la discrepancia, los que saben gestionar derrotas. Una sociedad de tontos es inasumible. Toda sociedad sana tiene un límite de saturación de tontos, más allá del cual los fundamentos que han permitido su subsistencia se resquebrajan bajo la ley del más fuerte. No del más listo, del más fuerte, de quien dé más hostias, de quien reprima más, de quien censure, anule, humille, menosprecie y pisotee más. Se le llama intolerancia, el motor del fascismo.

No entiendo cómo los españoles han permitido que los tontos les roben sus símbolos. Y es que, vistos los acontecimientos de Zaragoza, creo que la decisión más inteligente que se puede hacer cuando se vea a un grupo de gente con la bandera de España es cambiarse acera. O mejor aún, de país.

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