El tipo que grita mucho

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En las manifestaciones fachas suele haber un tipo que grita mucho. Sí, ya lo sé, en las manifestaciones suele haber tipos que gritan mucho. Pero éste es diferente. Está solo en medio de otros solitarios, que es la peor de las soledades. Está cabreado. Es un hombre blanco cabreado. Se agarra a su bandera como si fuese lo único que tiene en su vida. Quizás sea así. Quizás la bandera y la adscripción voluntaria a otros tipos con bandera le hagan sentir mejor en este mundo complejo y, en ocasiones, cruel.

Este tipo grita mucho. No parece feliz. Uno piensa que esa vehemencia la debe aplicar en otras situaciones de la vida: cuando pida un café en un bar en hora punta y se deba esperar, cuando encienda la tele y vea que hay políticos que no piensan como él, cuando el color de la piel de la persona que se ha sentado en el metro junto a él le moleste o, incluso, cuando se mire en el espejo y descubra que no es precisamente George Clooney. Este hombre blanco cabreado es probable que encuentre motivos diariamente que le impulsen al grito.

¿Y qué grita? Probablemente no sean versos de Neruda:

Para que tú me oigas

mis palabras

se adelgazan a veces

como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio

para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.

Más que mías son tuyas.

Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

No son así sus palabras. Utiliza la preciosa capacidad humana del lenguaje para expresar odio, un odio que corroe su alma por no haber sabido encontrar… ¿qué? ¿Amor? ¿Belleza? ¿Curiosidad? ¿Ternura? ¿Una referencia que sitúe su vida lejos del territorio de la autoparodia?

Decir que siento lástima por tipos así me haría parecer condescendiente pero en estos tiempos en los que no hay brújulas, ni nortes, empieza a darme igual. Sí, siento lástima por tipos así, que buscan las cámaras de la televisión para montar su numerito, que gritan obscenidades porque no saben hacer nada más y que sueñan con mundos en los que clones de su intolerancia se impongan. Y eso cuando hay tanta belleza y tanta vida por vivir.

Nunca he sabido realmente qué quiero ser. Con mis cincuenta otoños sigo preguntándome cada día quién es ese tipo que me mira en el espejo. He abandonado sueños, he enterrado fantasmas y he buscado en las palabras una salida a todo aquello que se me antoja sorprendente o inasequible. Pero sí sé lo que no quiero ser. No quiero ser un tipo que grita, un tipo permanentemente cabreado. Tampoco quiero ser un tipo que convenza. ¿Para qué? ¿Para tener una lápida que diga “convenció”? Pero sí quiero evitar a toda costa que me invada el odio. Y en estos días empieza a ser difícil. Ojalá lo logre. Buscar caras que sonrían es de gran ayuda.

nou final

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