O ahora o nunca

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Los habituales de este blog quizás se hayan dado cuenta de que llevo varios días sin escribir. Se debe a varias razones pero seguramente, la principal, es que me siento bastante superado por los acontecimientos. Y no sólo por la trascendencia del momento, sino sobre todo por la rapidez con la que se sucede todo. Estos días he visto una violencia desmedida por parte de los que se supone que pagamos para que nos protejan. Cruel paradoja. He visto a políticos fuera de sí, actuando como el peor de los hooligans en estado de euforia anfetamínica, que ni siquiera son capaces de pronunciar correctamente el apellido Companys. He visto también a chusma, a lo peor de cada casa, a los que se educaron frente al colegio, dando hostias ante la pasividad policial con una bandera que les protege de su mediocridad vital. ¡Qué caos! ¡Qué asco!

He visto esta semana también decepción, en unos momentos en los que se buscaba épica porque épico fue el referéndum. He visto valentía, coraje, determinación. He visto la fuerza de los sueños colectivos. Y he visto que el pasado martes muchos esperábamos algo más.

No quiero ser un hombre blanco cabreado. Intento alejar de mí la idea de que debo vivir en un permanente estado de inconformidad con casi todo lo que me rodea. No es sano. Hay demasiada belleza a mi alrededor como para perderla de vista. Percibo la vida como la única oportunidad más allá de la cual sólo hay una espesa capa de negritud. Y es que en mis momentos chungos siempre recurro a una de mis frases favoritas de Woody Allen: “no me gusta la realidad, pero es el único lugar en el que te puedes comer un buen bistec”. Sin embargo, hay varios temas que mueven mis dedos en el teclado y que voy a manifestar. Al fin y al cabo, esto sigue siendo un blog personal, el diario de un adolescente de cincuenta tacos al que le gusta escribir, en vez de sentar el culo en el sofá para ver cómo grita Belén Esteban.

Estoy harto de tener la sensación de que tengo que pedir perdón por ser catalán. El seny no se puede convertir en una barrera personal o social que impida romper esquemas. No tenemos que dar explicaciones a nadie por nuestra lengua, cultura, costumbres o aspiraciones. ¿Por qué deberíamos hacerlo? ¿Por qué nos deberíamos justificar? Estoy harto de los catalanes pactistas, de la puta y la ramoneta, de la generación Pujol, del peix al cove y de escuchar con atención qué dice el gobierno de Madrid. ¡Ya basta! ¿No queremos ser tratados de igual a igual? ¿A qué se supone que esperamos para hacernos valer? ¡Ya basta de cartulinas de colores, camisetas y performances! El diálogo fue un Estatut mancillado y un pacto fiscal negado. El diálogo se llama déficit fiscal, un corredor mediterráneo que pasará por la capital del reino y unas infraestructuras penosas. El diálogo está en el barco de Piolín, en furgonetas de la policía dando vueltas por la ciudad para marcar músculo, en funcionarios hiperventilados a los que les das una porra y se creen Van Damme en un bodrio de peli de acción. El diálogo es Rajoy con cara de pasmado, Soraya imitando a la niña de El Exorcista, Hernando compitiendo con Goebbels y Casado en modo niñato facha. Y al otro lado, personas que buscan la comprensión de Europa como si esto fuese una película de Kevin Costner en la que siempre gana el bueno. Para Europa somos un mercado, somos una prima de riesgo y una deuda. Sólo eso. Y si a los piolines les sienta mal el desayuno, volverán a dar hostias como panes y les resonará de nuevo en la cabeza el “a por ellos”, mientras Europa cambiará de canal para ver un reality show y no a esos españoles locos que llenan las calles de violencia. Merkel no se interesará por el número de heridos sino por el IBEX 35.

Estoy harto de opinadores, tertulianos, expertos en nada, pirómanos, futurólogos del pasado y aquelarres mediáticos. Por eso no me debería haber puesto a escribir. Soy uno de ellos, supongo. Estoy cabreado y no quiero ser ese hombre blanco cabreado que vuelca la ira en las redes. Necesito recuperar el humor, las ganas de reírme de lo absurdo, el placer de un buen libro sin que se presente en mis pensamientos la violencia de estos días.

Carles Puigdemont: declara ya la independencia. Da valor a la dignidad de la gente que se partió la cara para poder votar y a todos los que llevamos años reclamando una salida lógica a esta crisis y que sólo hemos recibido desprecio, humillación, insultos y amenazas. O nos hacemos valer de una vez o nos seguirán considerando súbditos sin valor jurídico ¿Que hay que tener en cuenta a los del no? Tuvieron su oportunidad. El Estado se la negó. Si quieren algo, que pongan una queja en el Ministerio de Interior. Creemos un nuevo statu quo y si quieren recuperar el antiguo, que se lo curren por las mismas vías que hemos recorrido los independentistas. Sí, ya… el problema es el cómo. El qué lo tenemos claro: ya vale de pedir perdón por vivir. Y el quién somos la mayoría. 

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