Odio que me odies

berebere

Estimado, o no:

Tengo la ligera sospecha de que me odias. No me conoces pero me odias. Nací en Barcelona y, por lo tanto, me odias. He vivido toda mi vida en Catalunya, siento que es el lugar al que pertenezco, he sido padre en Catalunya y tengo la firme intención de vivir siempre en Catalunya. Por lo tanto, es posible que dediques una parte de tu energía vital a odiarme durante el resto de tus días (además pondré mi empeño en estar en este planeta más años que tú).

Vivimos a unos 1000 kilómetros de distancia por carretera. No creo que hayamos hablado nunca. No sabes cómo es mi vida, nunca has podido dialogar conmigo, no sabes cuáles son mis sueños o aspiraciones pero me odias.

Yo odio quemarme. No me gusta. Odio darme un golpe. Odio caerme al suelo. Odio el momento en el que suena el despertador. Odio quedarme atrapado en un ascensor. Odio las barreras personales que nos imponen los odios ajenos. Odio la prepotencia. Odio el autoritarismo. Odio la violencia. Odio que se odie a otro ser humano, especialmente cuando no se le escucha. Odio los estereotipos. Odio los prejuicios. Odio la marginación. Pero no odio a las personas, no odio su origen, no odio sus adscripciones sentimentales, no odio el color de su piel, no odio su orientación sexual, ni su género, ni sus consumos culturales, ni su religión, ni sus creencias políticas, ni su equipo de fútbol favorito.

A veces es difícil dejar de escuchar las peores voces que resuenan en nuestras cabezas, aquellas que se hacen presentes en momentos en los que sentimos que la injusticia nos inmoviliza los brazos y nos tapa la boca. Resulta complicado desactivar los mecanismos del odio que tienden a anular nuestras creencias más profundas: el respeto, la convivencia, la pertenencia a una categoría tan especial como la de ser humano… El odio es un escape de agua incontrolado que llena todos los espacios vacíos; el odio es maleable, flexible, se adapta a todo tipo de situaciones y cabe en todo tipo de discursos. El odio es un instrumento de control social, como el miedo. Y el odio se transmite: entre personas, entre colectivos o, incluso, entre generaciones.

Yo no te odio porque no eres fuego que quema, ni un golpe, ni una caída al suelo, ni un ascensor que se detiene entre dos plantas. No te odio porque no te conozco. Pero, sobre todo, no te odio porque eres un ser humano. Eso sí, odio que me odies. Pero, ¿sabes qué? Es tu problema. Hay equipajes que pesan mucho. Y el peor enemigo para el viajero es un equipaje demasiado pesado.

nou final

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