Sergio Ramos y la profecía autocumplida

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Estimado, o no, Sergio:

Sé que iniciar una carta hablándote de sociología es un poco arriesgado pero centraré la pelota al área en busca del minuto Noventa y Ramos. En su libro “Teoría social y estructura social”, el sociólogo Robert K. Merton acuñó un concepto que ha tenido fortuna para explicar diferentes situaciones que suceden en esta maravillosa fiesta que es la realidad. Me refiero al concepto de “profecía autocumplida”. Se trata, en pocas palabras, de una predicción que una vez formulada, es en sí misma la causa de que se haga realidad. El sociólogo afirmó que “si una situación es definida como real, esta situación tiene efectos reales”. Y ahora te preguntarás: ¿por qué me está soltando este rollo el tío éste? Es sólo para que sepas que por Catalunya hace tiempo que se habla de tus limitaciones intelectuales y de que quizás “Merton was right”.

Afirmas que “en Barcelona dirán que tengo que ir a prisión como Puigdemont por lo de Suárez”. En fin, vayamos por partes como cuando los diputados del PP en el Parlament se suben en su triciclo.

  1. Puigdemont no está en prisión. Está en Bélgica.

  2. En Barcelona (y en Catalunya) muchísimos votantes dejamos claro que no queremos que Puigdemont vaya a prisión. Al revés, nos alegraremos cuando sea investido como presidente.

  3. Lo que muchos exigimos, además, es que no haya presos políticos en España.

Y ahora hablemos de otro tema: he leído declaraciones tuyas en las que afirmas que no se debe mezclar política y deporte. Qué quieres que te diga, a mí me hace muchísima gracia esta declaración de principios. Es tan ingenua (o tan hipócrita) como afirmar “es la primera vez que me sucede” ante un gatillazo. Parece probable que esta frase (la del deporte, no la del gatillazo) tuviese sentido si la formulase un deportista amateur totalmente ajeno al deporte profesional, alguien que hiciese deporte únicamente por sus beneficios en salud, por el placer del ejercicio físico o por la socialización que conlleva. Pero si la dice alguien con un sueldo anual que no podrían ganar ni varias peñas del Madrid juntas, el tema se torna un tanto hilarante. Intentemos verlo bajo tu óptica. Para empezar, jugarías en un club de fútbol presidido por una de las personas menos influyentes políticamente de este país. En tu camiseta aparecería publicidad de Emirates, compañía aérea de los Emiratos Árabes Unidos, que se trata de un país con el que España no tendría intensas relaciones comerciales por lo que respecta a la venta de armas. Participarías en una competición llamada Copa “del rey”, que como todos sabemos se trataría de una persona que no se dedicaría a la política, sino a la promoción del Photoshop en las postales navideñas. Cuando jugases finales de la Copa “del rey” sonaría el himno nacional, que evidentemente no tendría nada que ver con la política sino que sonaría porque sería el número uno de los 40 principales. Y cuando ganases finales, mostrarías tendencia a lucir orgulloso la bandera andaluza, que no tendría ningún significado político ya que no aparecería como bandera oficial de Andalucía en el artículo 3.1 de su Estatuto de Autonomía.

Lo que supongo que tratas de decir es que el deporte no se debe utilizar como plataforma para hacer visibles reivindicaciones políticas con las que no estás de acuerdo. Porque supongo que sí que es mezclar política y deporte que tú, futbolista profesional, aproveches tu repercusión mediática para pedir que el himno español tenga letra.

Sé que iniciar una carta hablando de sociología era arriesgado pero voy a acabarla hablándote de mitología. ¡Toma ya! Según una leyenda mitológica, un escultor llamado Pigmalión se enamoró de Galatea, una de sus creaciones. Pigmalión estaba tan ciego de amor que trataba a la escultura como si fuera una mujer real. Finalmente, gracias a la diosa Afrodita, Galatea llegó a cobrar vida. Profecía autocumplida ¿Te imaginas que muchas personas en Barcelona pensasen que tus aportaciones tuviesen un elevado nivel intelectual, que dejases de intentar ser Piqué y que, como Galatea, tu capacidad para analizar correctamente la realidad cobrase vida? En fin, Merton tenía razón pero no tanto.

nou final

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