Inés Arrimadas cuando se quema la lengua con el café #ElsSegadors

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Estimada, o no, Inés:

Me tienes preocupado. Y no es por tu capacidad para sumar (yo también soy un desastre con las matemáticas). Me tienes preocupado porque, cada vez que suena Els Segadors, pones unos morros que ni Carmen de Mairena después de comer un kilo de pipas con sal. Ya sé que no tienes ninguna obligación de cantar el himno de Catalunya pero quizás, si adoptaras una expresión del tipo “sonrío porque me hacen una foto y quiero salir bien”, nos acabaríamos creyendo que Catalunya te importa algo más que para hacer un Erasmus.

Para que entiendas mi humilde punto de vista, te pondré un ejemplo: los lectores de este blog saben que no me gusta Bertín Osborne. No me gusta él y no me gusta su música. Las peores vacaciones de mi vida serían a su lado y si se convirtiera en compañero laboral mío, la experiencia diaria de trabajar sería muy difícil para mi estabilidad emocional. Y como no me gustan ni él, ni su música, jamás iré a un espectáculo suyo, ni consumiré nada que tenga que ver con él, ya sea un programa de televisión, una entrevista o su ensayo “Epistemología de los señoritos de derechas que se creen inteligentes por haber heredado un cortijo”. Llámalo coherencia o simple supervivencia. En cambio, hay otros músicos, escritores, artistas y, en general, personas a las que admiro mucho y sobre las que sí quiero informarme. Llámalo necesidad intelectual, mitomanía o “porquemedalagana”. Lo mismo me sucede con los lugares. El mundo está lleno de coordenadas que jamás visitaría y, a la vez, de lugares a los que tengo muchísimas ganas de ir. Llámalo “la vida es muy corta y hay que priorizar”. Eso significa que, si por una de esas empanadas mentales que me visitan, un día decidiese entrar en política y presentarme como candidato a la Junta de Andalucía (por cierto, una comunidad maravillosa) hay una cosa que sí tengo clara: me costaría emocionarme con el himno andaluz. No he nacido allí, no he vivido allí y además aumentan las posibilidades de que Bertín Osborne esté cerca. Pero, eso sí, si anhelara profundamente tener éxito en semejante aventura política, al menos intentaría no poner cara de haberme quemado la lengua con el café cada vez que sonara el himno andaluz.

Un día (según asegura la Wikipedia que entre 2006 y 2008) decidiste trasladarte a vivir a Barcelona. Sabia decisión porque se trata de una ciudad preciosa, cosmopolita y llena de habitantes pacíficos y que quieren vivir en plena libertad (aunque a veces reciban golpes de porras por este extraño vicio). Sé que en tan poco tiempo es complicado que tu corazoncito se haya llenado de aquellas cosas con las que los catalanes nos emocionamos. De hecho, creo que a nadie se le debería exigir ninguna muestra de emoción ante un himno, como a nadie se le deberían exigir carnets de catalanidad o de españolidad. Uno siente, lo que siente. Sin embargo, sí que me atrevo a formular una humilde opinión respecto al lenguaje corporal de los “ciudadanos” en el Parlament cada vez que suena Els Segadors.

Yo soy catalán, vivo en Catalunya y me gusta tener representantes políticos que defiendan los intereses de Catalunya. Si fuera bávaro, me gustaría que mis representantes políticos defendiesen los intereses de Baviera. Pero soy catalán y a mí los intereses de Baviera me resultan bastante ajenos. Cosas de la geolocalización de los nacimientos. Y como me gusta tener representantes políticos que defiendan el lugar en el que vivo, me proporcionan más credibilidad aquellos líderes que se emocionan con los muchos aspectos de la sociedad en la que viven. Y repito: no es cuestión de quién es más catalán o quién es menos catalán. Entre otras cosas, porque somos catalanes, todos los que queremos serlo. No es cuestión de carnets. Sin embargo, si veo que un líder político acude de vez en cuando a disfrutar de espectáculos en Catalunya, se le ve en presentaciones de libros escritos por catalanes, se lo pasa muy bien con diferentes acontecimientos relacionados con las tradiciones catalanas y no pone cara de haberse quemado la lengua con el café cada vez que escucha lo de “Catalunya triomfant tornarà a ser rica i plena”, le creeré más cuando asegure que defiende a Catalunya. Y es que si un político sólo habla de Munich, de Kaltenberg o de Kiefersfelden; se hace fotos con el Tracht; bebe solamente vino de Franconia; cuelga en Instagram fotos del Festival de Bayreuth y se hace socio del Bayern de Munich, quizás, y sólo quizás, su lugar es Baviera y quizás, sólo quizás, se sentiría más cómodo defendiendo los intereses de los bávaros.

De la empatía hacia la sociedad que se supone defiendes, dependen muchas cosas. Dependen, por ejemplo, los presupuestos. Y de estos, la política real. Y sí, Inés, hay líderes que defienden Catalunya y líderes que no. Por eso, quizás sería hora de que, en vez de españolizar Catalunya, tú, Albiol, y todos aquellos que sufren espasmos si un letrero sólo está escrito en catalán, intentaseis catalanizar España. Porque, por ejemplo, si os distinguierais por arremeter contra la catalanofobia, si viésemos publicadas en vuestras cuentas de Twitter noticias relacionadas con la cultura catalana o si intentaseis llenar vuestra maleta emocional con aquello que distingue a nuestra sociedad de otras, quizás, sólo quizás, podríamos pensar que, llegado el caso, defenderíais todo lo que Catalunya es (más allá de la indudable influencia española). Y en eso también está un himno de 1899 que se basa en un romance popular del siglo XVII. No, en aquella época no habían nacido aún la ANC, ni Òmnium Cultural, y nadie llevaba lazos amarillos para reivindicar la libertad de presos políticos. Pero sí había catalanes orgullosos de sus costumbres y de sus signos de identidad. Además, en el siglo XVII contaban con una gran ventaja: Bertín Osborne no había grabado ningún disco.

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