El show de Ágatha

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Estimada, o no, Ágatha:

Supongo que has visto alguna vez “El show de Truman”. Trata de un tipo que ha vivido siempre en un enorme plató de televisión, sin saberlo. Como Kiko Rivera pero más delgado. Además se le entiende cuando habla. Los espectadores han visto cómo nacía, cómo crecía, cómo daba sus primeros pasos y cómo se relacionaba con las otras personas, o mejor dicho, actores. Vive en un mundo irreal, casi perfecto, hasta que le cae a pocos metros uno de los focos de ese inmenso plató. Lo mejor de la peli es que no aparece Ana Rosa Quintana haciendo apología del bótox, ni Susanna Griso glorificando las acciones de un descerebrado. Pues bien, en los últimos años me he sentido formar parte de alguna película del genial Berlanga. Busco la cámara por todos los lados para confirmar que se trata de una ficción urdida desde la eternidad por el cineasta pero de momento sólo veo caras de desconcierto y alguna que otra risa, porque lo mejor que podemos hacer es tomarnos las cosas con humor.

Vivimos unos tiempos extraños. Expolíticos con pulserita española confiesan que son unos chorizos, deportistas que pasean la rojigualda en sus triunfos tienen la pasta en paraísos fiscales y todo se perdona cuando alguien se disfraza de patriota, inflamando discursos, inventando ficciones, pervirtiendo relatos. Hay demasiados bobos en este país que creen tener una misión, demasiadas banderas tapando vergüenzas y demasiadas almas vendidas por unas lentejas. Truman es un obrero aferrado al mando a distancia que gasta su vida entre cita y cita del INEM, mientras despotrica cuando ve a alguien con el lazo amarillo en la solapa. Truman es un joven con másters y cuatro idiomas que sirve cafés en una ciudad lejana porque no encuentra trabajo en su país y que habla de España como si fuese Disneylandia. Truman es una mujer que opta por mirar hacia otro lado cuando su presidente se niega a hablar de las desigualdades salariales entre hombres y mujeres. Truman no quiere saber nada de la separación de poderes, ni de la violencia ejercida por el Estado, ni de los sobres, ni de los truños urbanísticos, ni de los AVE’s vacíos. Truman es feliz en su plató. Al final, todo se ha convertido en una farsa. Se han invertido todos los valores en pos de una causa: la unidad de otra ficción llamada España. Es la unidad impuesta. Y se ha confundido la unidad con la paz social. Pero no hay unidad sin afecto a la diversidad, ni paz social con violencia.

Algunos de los mayores momentos de felicidad que consigo los obtengo paseando por museos o exposiciones. Llámame pedante, si quieres. En todo caso es mejor que ponerse uno de tus vestidos. Los museos son la constatación de que, a lo largo de la historia, miles de hombres y mujeres han empleado su tiempo en buscar. Se ha buscado el tema perfecto, la luz perfecta, la combinación de colores perfecta, las formas perfectas… Y en esta búsqueda siempre ha estado presente el abismo: la idea de que en el fondo estamos solos en la vida y de que, más que formar parte del show creado por otros, de ser los títeres de su espectáculo, parece importante llegar al último día de nuestra existencia habiendo logrado que la mayor parte de nuestro pensamiento sea libre. En las pinturas, esculturas, fotografías, películas, libros, espectáculos de danza, conciertos y montajes teatrales veo el reflejo de personas que buscan alcanzar autoridad sobre ellas mismas, más allá de propagandas, placebos en forma de banderas o complejos colectivos de superioridad o de inferioridad. Es el ser humano, solo y libre ante su destino. Sé que es ingenuo pensar que las almas de otros seres humanos, atrapadas en el desconcierto, son una salida a mi propio desconcierto pero cada vez queda menos por explorar.

Aceptamos la realidad que se nos presenta”, dice el personaje de Christof en “El show de Truman”. Por eso estoy seguro de que mucha gente se debió sentir feliz al ver tu apología patriotera. Es la realidad repetida hasta la saciedad en unos tiempos de identidades confusas. Pero más allá de las banderas, hay personas que quieren ser. Y lo serán. En fin, Ágatha, por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches.

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