Qué harto, nene. Qué harto

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Qué harto, nene. Qué harto. Qué harto de los del jersey por encima del hombro, la gomina y la pulserita española. Cuánta horterada junta. Harto de su cinismo, sus mentiras y su chulería castiza. Qué hartazgo me provoca Soraya. Con gafas o sin gafas, con sus silencios y retiros espirituales o sin ellos. Qué harto de su voz, su presencia que mira el mundo con autocomplacencia y su incapacidad para pronunciar correctamente palabras como Puigdemont y Generalitat. ¡Que uno no necesita sacarse cuatro carreras para evitar decir Pusdemong y Yeneralitá! ¡Que es cuestión de esforzarse! ¡Que todos tenemos ese órgano muscular muy movible que se encuentra fijado por su parte posterior en el interior de la boca de los vertebrados y en los seres humanos, y que interviene en el gusto, en la masticación y deglución de los alimentos y en la articulación de los sonidos de la voz! ¡Que quien más quien menos sabe mover la lengua con cierta maestría! Incluso hay personas que de ello hacen carrera profesional.

Qué hartito me tienen los Rajoy, los Sánchez, los Rivera y los Iglesias. Qué hartazgo, qué empacho de españolidad rancia. Cuánto postureo mediático, impostura de salón y manual de ruta de libro de autoayuda sección “tengo un ego del copón, ¿qué hago para que no se me note?”. Qué poca imaginación, cuánta frase vacía, cuántas palabras gastadas en clichés y pancartas con forma de tuit. Qué harto, nene.

Me tenéis harto, los de Tabarnia, los de la caspa, los Boadella, los Jiménez Losantos y compañía. Bufones subvencionados de palmadita en la espalda y gin tonic de regalo. Si vuestro odio fuese vinagre no serviríais ni para la ensalada. Qué patético es un facha haciendo chistes, si en vuestra vida no habéis tenido el más mínimo sentido del humor. Estabais ocupados destrozando vidas ajenas y ahora estáis ocupados en seguir haciendo lo mismo sin que se note demasiado.

Qué harto de los tribunales. La justicia no es ciega, es estrábica pero no ciega. Qué harto de escuchar siempre los mismos apellidos: Llarena, Lamela… Harto de que uno tenga la sensación de que de repente la justicia ya no esté colapsada, de que nada prescribe por silencio administrativo, de que ya no hay dossieres acumulando polvo en espera de juicio. Porque ahora hay tiempo para juzgar a tuiteros, titiriteros, raperos, locutores radiofónicos, payasos y todos aquellos temas tan y tan sumamente importantes.

Qué harto, nene. Harto de ti, que vomitas tus miserias en Twitter, en Facebook o a grito pelado en un bar con tu voz pastosa de alcohol y dejando la barra llena de saliva. Harto de que la escuela te abandonara y de que ahora creas que eres el puto Oráculo de Delfos que lo sabe todo. ¡Que no has leído un libro en tu vida, nene! ¡Que no tienes el más mínimo derecho a sentirte superior a los que estaban haciendo codos en la biblioteca para sacarse unos estudios mientras tú no dabas palo al agua! ¡Que sí, que todos deberíamos nacer iguales, pero que después nos diferenciamos, que unos estudian más y otros menos, que unos trabajan más y otros menos, que a unos les importa más su crecimiento intelectual y a otros menos! Que no, que no es malo, que cada uno haga con su vida lo que le dé la gana, pero no des lecciones, por favor. Porque cuando lo haces se te ve la patita, que eres un xenófobo, un catalanófobo, un racista, un machista o todo a la vez. Que no sabes escribir dos frases sin faltas de ortografía. Pero después eres un experto lingüista que afirma que el catalán es un dialecto. ¿Nos tenemos que callar? Eres un ignorante, nene. Un naufragio.

Qué harto, nene. Harto de que tengan el poder para decidir que esta sociedad debe ser autoritaria, de que debe imponerse frente a la divergencia, de que la mediocridad gobierne forever and ever. Esto es el Titanic con gente aplaudiendo y la orquesta tocando pasodobles.

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