Resiliencia

rajoy

Esta mañana he bajado por las Ramblas hasta el Ars Santa Mónica. El sol de invierno que tanto se agradece en los días fríos llenaba las caras de energía. Me he cruzado con cientos de turistas que abrían los ojos de par en par. Qué envidia poder hacer turismo en temporada baja. El Mercat de la Boqueria era un espectáculo urbano lleno de vida. Repartidores que siempre parecen ir con el tiempo justo, japoneses con sus cámaras de última generación, el tipo raro que nunca sabe qué hace allí, la joven que se peina antes de hacerse un selfie… Después he paseado por el Barri Gòtic y me he vuelto a enamorar de nuevo de Barcelona. Y ya van miles de veces. He visto el gran lazo amarillo en la fachada del Ajuntament. Enfrente suyo, el Palau de la Generalitat parecía un cuerpo sin vida. Cuánta historia entre sus paredes, detenidas ahora por Madame Ignominia. Y en ese paseo, los pensamientos se han agolpado en mi mente. Meditaba sobre esa extraña forma de canibalismo indecente que practican los que hacen las cosas “por cojones”, aquellos que pegan patadas al motor que les impulsa y que prefieren detener el vehículo a fuerza de hostias aunque eso les lleve a no moverse un centímetro. Qué quieres que te diga: me niego a que destrocen el país al que siempre he sentido pertenecer. No quiero sucumbir a ese ejército de amargados que apagan incendios con gasolina y más fuego.

He pensado en la energía colectiva de las Diadas. Había ilusión, sonrisas, la sensación de estar escribiendo páginas nuevas en la Historia. En contraposición, un régimen que languidece, un país encantado de haberse conocido pero en plena decadencia. Y si no lo ves, tienes un problema. Rajoy se funde la hucha de las pensiones y ahora nos dice que ahorremos para cuando nuestro cuerpo ya no pueda trabajar. Al mismo tiempo pide un presidente normal para Catalunya. Él, lo pide él, que es tan surrealista como si Eduardo Manostijeras pidiese precaución en la higiene genital.

España no me ilusiona. Todo lo contrario. Ahora representa imposición, violencia, represión… La maté porque era mía, estás conmigo o estás contra mí, me has de querer te guste o no te guste… Y mientras, los días se arrastran huyendo de ningún sitio, sin ir a ninguna parte. Me niego a que esa energía colectiva que construyó una cadena humana de 400 Km. se pierda y a que continuemos con el culo pegado al conformismo. La Historia no concede muchas oportunidades a los que sueñan con cambios. El momento y el lugar oportunos, la brújula que señala el camino, la sensación de que el poder está en las multitudes… no se pueden perder. Me niego a que nuestro futuro lo decidan Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Albert Rivera, Pablo Casado o Rafael Hernando. Me niego. Es pura supervivencia emocional. ¿Qué se esperan que venga después de la represión y la humillación? ¿Qué creen que van a tener tras el 1 de octubre y el 155? ¿Qué perversa forma de seducción creen que son las demandas y el miedo como instrumento de control social?

España no me ilusiona, no confío en ella. Nos ha hecho demasiado daño como para confiar en ella. Ya sólo deseo que cada vez tenga menos posibilidades de hacernos daño y de que poco a poco tienda a desaparecer de nuestras vidas hasta que sea una relación de igual a igual. La resiliencia es la capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a situaciones adversas. Por eso espero que de todos estos años los catalanes seamos capaces de extraer pensamientos positivos que nos permitan, sobre todo, reconocernos a nosotros mismos como sujetos políticos deseosos de transformación social, proactivos en derechos y libertades, críticos con lo que vendrá y siempre vigilantes para no ser un país encantado de haberse conocido. No será la mirada del otro quien nos reconozca. No lo esperemos. Están demasiado entretenidos pensando en el chiringuito que se han montado.

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