Peligros

no em despertis copia

El peligro es gritar “sálvese quien pueda” y salvarse primero. Agachar la cabeza y mirar al suelo. Contar baldosas. Que el cielo sea propiedad privada y el infierno tu lugar en su cuento. O que, al final, tus pies sean prisioneros en barrotes que impusieron.

El peligro es inclinarse tanto que al final te rompas, contemplar en silencio los fragmentos de sueños propios y ajenos, convertir el futuro de tus hijos en museos de reproches. Y no hacer nada. Aparcar tu cuerpo lejos de las miradas, depositar anhelos en una cuenta corriente de excusas, ceder a la sensación de que nada puede hacerse cuando la historia se ha olvidado de ti y tú te resignas.

El peligro es gritar obscenidades, pisotear identidades, obstinarse en negar realidades. Y ponerse las gafas de la mentira, y mirar el mundo desde un púlpito de autocomplacencia, y creer que todo es tuyo, incluso las personas. Tú no eres yo, amigo. Yo no soy tú. Nos separa un océano. Tampoco es tan malo ser isla cuando el continente es una patada que vuela en una escalera.

El peligro es golpear a personas. No se golpea a la gente. El amor es tan caprichoso que no quiere vivir en ninguna porra. La distancia entre tu porra y mi piel es el respeto, la dignidad, mi existencia como humano que ahora pretendes romper en mil pedazos.

El peligro es invadir, conquistar, imponer. Ya sea un territorio o las voces que silencian tus leyes. Soy yo y lo has olvidado. Somos nosotros y no te importamos. De repente, hemos sido lanzados a la invisibilidad, gritamos y hay un muro de cristal. Y te ríes de nuestra lengua materna y pretendes que no se oiga. Y menosprecias lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos. Y en tus fronteras mentales hay registros preventivos, no sea que pensemos demasiado. Y es que todo te iba bien hasta que llegaron las protestas. Y ahora eres tú el que te quejas. Siempre ha sido así cuando el poder es el peligro.

Porque el peligro eres tú, pirómano, que te aferras a la bandera de un abuelo que no supo envejecer. Y nos recuerdas cada día que eres tú el que mandas. Cosas de la demografía o de la falta de escrúpulos ante las minorías.

El peligro es conformarse, ponerse un esparadrapo en la boca o fingir afonía. El peligro es no remar, dejarse llevar, ceder y mirar las mareas. El peligro son ellos o nuestra innata tendencia a pedir perdón por respirar.

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