Soy catalán

maria

Estimada, o no:

Soy catalán. Sí, lo sé… soy consciente de que empezar así esta carta puede provocar tu abandono inmediato de este texto. Bueno… viendo cómo redactas, cualquier texto puede hacerte abandonar la lectura de un texto, excepto si es el manual de instrucciones de una bandera española comprada en un bazar chino con las típicas instrucciones mal traducidas del chino: “agítensela al viento con las dos manos y sujétensela bien en caso de tormenta”.

Soy catalán. Catalán de Catalunya. No catalán que trabaja en Madrid y renuncia a sus orígenes para lograr el favor y un sueldo vitalicio de los que dicen “Madriz”, “chuvia” o “la regalé un abrigo a mi mujer”. Soy catalán de Barcelona. Decir soy catalán de Barcelona es otra manera de iniciar un texto que puede provocar el abandono de esos típicos lectores a los que se les eriza hasta el vello púbico con cualquier palabra que empiece por “cata”. Pues nada: cata pum chim pon, que es como acaba el himno español cuando no tiene una preciosa letra de Marta Sánchez.

Sé que en vez de decir “soy catalán” podría haber iniciado el texto con un “soy español” pero es que se trata de dos palabras que no quiero utilizar juntas para referirse a mi identidad. A la identidad elegida, que es la mejor de las identidades. Las identidades impuestas tienen un adjetivo que dejó de interesarme hace tiempo, como los adjetivos de tumor maligno, diarrea abundante o prensa española. Porque las imposiciones no tienen nada que ver con la libertad y ya que me invitaron a esta maravillosa fiesta que es la vida, en la que no puedo cambiar al DJ, ni la música que nos obliga a bailar, al menos tengo una pequeña aspiración vital como es intentar que la parte de mi pensamiento que es auténticamente libre, sea cada vez más grande, hasta que en mi último día en este planeta pueda decir con orgullo: “he vivido, ahí os quedáis, sed buenos y recordad que, si tenéis hijos, el dibujo del pañal va por delante”.

Soy catalán y en los tiempos que corren, en los que en Twitter ya nadie cuelga imágenes de gatitos en un gesto de bonhomía 2.0, afirmarlo es un acto de dignidad. Porque si lo afirmabas hace unos años, solamente te arriesgabas a que te preguntaran si también hablas en catalán con tu perro. Pero ahora, decir que eres catalán, viene con los archivos adjuntos de nazi, golpista, norcoreano, paleto y, sobre todo, catalufo. Ufo, un sufijo que debe llevar en su ADN algo realmente chungo. El diccionario de la RAE nos dice que ufo es una locución adverbial que significa “de gorra, de mogollón, sin ser convidado ni llamado”. Por lo tanto, catalufo es un catalán que se presenta en algún sitio sin haber sido invitado, supongo que como Albert Rivera cuando se ofreció a los andaluces a enseñarles a pescar o como Enric Millo cuando delega su presencia en los policías para que se autoinviten en los colegios electorales con el fin de promover la “Sin urnas party”.

Soy catalán y sé que por decirlo a algunos ya se les habrán activado las sinapsis de odio en el interior del cráneo. Y aparecen los síntomas: vello púbico de punta como si fuese un Espinete con bolardos, sudor frío, sequedad en la boca y una mala hostia que ríete de Rafael Hernando cuando se levanta por la mañana y descubre que es Rafael Hernando y no Jennifer Lawrence. Por eso, es una enorme fuente de placer afirmar: soy catalán. Saber que te entrará un cierto malestar corporal constituye un motivo de honda satisfacción, al tiempo que un instrumento de reafirmación personal ante los que creen que xenofobia es un grupo de música electrónica y no una de las actividades más lamentables que se pueden llevar a cabo en una sociedad, después lógicamente de rimar corazón con perdón en la letra del himno de España (por favor, se busca poeta. Razón: angustia existencial por tener que cantar lo, lo, lo).

Pues nada, Maria sin tilde en la í, deseo que llenes tu vida con muchas banderitas o, incluso, que te conviertas en una de ellas. Deseo que un día, cuando estés en la estantería de un bazar chino, alguien se la agite al viento con dos manos (la bandera) y se la sujete bien en caso de tormenta (la bandera). Si en la famosa novela de Kafka, Gregorio Samsa se levantó un día convertido en un insecto, no veo por qué unos cuantos, de tanto llenar su vida de banderas, acaben convertidos en una de ellas. De hecho, Kafka nunca se acabó de ir del todo.

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