El día de los miserables

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He dudado en escribir este texto en castellano. El cuerpo me pedía hacerlo en catalán. Lo cierto es que en los últimos años escribo en castellano con la utópica idea de que estos humildes artículos lleguen a España. Iluso que es uno. Finalmente, me he decidido por la lengua de Lorca.

Quiero empezar con la traducción de esa inmensa canción que es “El jorn dels miserables” de Lluís Llach:

Qué pocas palabras tengo

y las que os digo están tan gastadas.

Será necesario buscar nuevos caminos

donde no sean preciso palabras.

Qué poca fuerza tengo

tantas veces la he encaminado mal.

La quiero toda para mañana

cuando la gesta lleve el alba.

Cuánta rabia que tengo

tal vez es necesario ser perro desde ahora.

Cuánta rabia que tengo

y no quiero olvidarla.

Uf… creo que es la canción del día, o mejor dicho, de la semana. Qué pocas palabras nos quedan, cuánta rabia. Y es que el pleno del Parlament de hoy ha sido una muestra de la mezquindad más dolorosa que he presenciado en mucho tiempo. Iré por partes:

A ti Miquel Iceta:

Venías de hacer un discurso en el que afirmabas que pensabas en los presos, en el que tendías la mano a otras fuerzas, un discurso lleno de grandes propósitos. Qué bluf… qué poca validez tienen las palabras cuando los actos son tan inhumanos. En la tribuna de invitados estaba la familia de Jordi Turull. Medio Parlament se ha levantado, se ha girado y ha aplaudido en una muestra de empatía y afecto. Tú te has quedado pegado en el asiento, como si la cosa no fuera contigo. Detrás, jóvenes que tienen a su padre en la cárcel, no han recibido de ti ni una sola mirada de complicidad. Y venías de hacer el gran discurso, otro brindis al sol. Actos, no palabras. Humanidad, no política. Espero que el tiempo te borre de la política y espero que sea pronto.

A ti Ramon Espadaler:

Hace poco compartiste gobierno con Jordi Turull. Sus hijas estaban detrás. Estoy seguro de que en alguna ocasión has cruzado unas palabras con ellas, quizás un saludo, un beso en las mejillas. Te has quedado también pegado al asiento, sumido en tu pobreza moral. No tienes ni un sólo átomo de autoridad para administrar absolutamente nada que sea público. Qué vergüenza. Cómo se deshacen todos los lazos de amistad cuando lo que prima es el asiento, el cargo, el ego unido a un sueldo en política.

A ti Inés Arrimadas:

La elegancia no es un vestido negro. La elegancia es una virtud que algunas personas tienen de manera natural. No cotiza en bolsa. El IBEX35 no invierte en ella. La elegancia es discreción, empatía, humanidad. La elegancia es saber gestionar el silencio con la misma sabiduría que las palabras. La elegancia es una mirada, un gesto de afecto a quien está sufriendo. La elegancia rara vez aparece en una revista de moda porque la elegancia tiene el superpoder de la invisibilidad. Las personas elegantes apenas se hacen notar. Están ahí para acompañar, lideran espacios emocionales y sus valores contagian proyectos colectivos. Por muchas fotos que te hagas en tus sueños de princesa Disney, jamás conseguirás ser elegante. La elegancia es otra cosa muy, pero que muy diferente. Sólo espero que los catalanes sean lo suficientemente sabios como para devolverte al anonimato. Un político puede ser muchas cosas pero, sobre todo, debe ser persona, humano.

Antes he hurtado los últimos versos de “El jorn dels miserables”. Son una foto de cómo me siento en estos momentos. Nunca agradeceré lo suficiente a Lluís Llach que nos haya dejado en herencia estas grandes verdades atemporales.

Qué poca esperanza tengo

y tal vez será necesario dejarla,

que no sea que esperar

nos aleje más de los actos.

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