Ser español tiene poco valor cuando no se quiere ser nada más

mariflower

Yo soy de París. Del Quai de la Tournelle, concretamente, ese maravilloso lugar que hay detrás de Notre Dame desde el que se puede ver cómo el Sena se parte en dos. Y del cementerio Père- Lachaise, donde Oscar Wilde vive rodeado de besos y Jim Morrison siempre tiene una lata de cerveza a su lado con la que refrescarse o la colilla de un porro de un fan adormilado. Soy también de Cotlliure, de sus galerías de arte, de sus callejuelas empedradas, del asiento que se encuentra detrás de la ermita en el que es una maravilla contemplar el atardecer, sobre todo en invierno cuando el viento hiela la sangre. Y soy de su cementerio, de ese lugar en el que está enterrado Machado. Cuánto dolor para que sigan ganando los de siempre. Soy de Nueva York, también. De un pretzel en Central Park y de la sensación de estar dentro de una película. Y de Florencia cuando uno recuerda qué debió sentir Stendhal ante el Duomo. Soy de Escocia, sobre todo del valle de Glen Coe, de su música, sus leyendas y sus fantasmas. Soy de todos los lugares en los que he estado, menos de los que quisiera y más de los que pensaba cuando era un adolescente de la Zona Franca sin un duro en el bolsillo. De todos esos lugares me he intentado llevar lo mejor, sin pensar en himnos, ni en banderas. Y sin más frontera que una guía de viajes o unos pies que siempre quieren llegar más lejos.

Soy de Douglas Coupland, de su Generación X, de sus páginas que me llevaron a juntar palabras y noches ante una hoja en blanco. Y de Jonathan Safran Foer. ¿Por qué no puedo escribir como él? Soy de Chuck Palahniuk y su mala leche. De vidas rotas como la de David Foster Wallace. Soy de Murakami y de su Tokio Blues; de Jim Kokoris y su estupenda novela “Lo bueno de la vida”. De Frédéric Beigbeder, de Philip Roth, de Sylvia Plath y, sobre todo, de Enid Blyton, que cuando era niño me hizo soñar con un millón de aventuras.

Soy de las mujeres que leen solas en los cuadros de Edward Hopper y Jan Vermeer, del silencio de Hotel room, de los náufragos urbanos de Nighthawks, de los santos con pies sucios de Caravaggio, de los colores de David Hockney, de la desesperación de Lucian Freud, de la soledad de los bebedores de absenta de Degas, de la mirada de un comerciante holandés en cualquier pintura del XVII. Soy del olor de una catedral en el que las velas te trasladan en un instante al pasado, de la policromía de las vidrieras góticas, del silencio de un claustro románico, de los jardines de Versalles, de Arata Isozaki, Frank Gehry y Tadao Ando.

Soy de Chopin, enterrado en dos lugares diferentes pero siempre vivo. Y de Marillion, que me acompaña desde los diecisiete años. Soy de Pink Floyd, de Coldplay, de Kodaline, de Scars on 45, del olor a derrota del blues o del riff de guitarra más salvaje. Defíneme éxtasis: la segunda parte de Neverland de Marillion y el solo de guitarra de David Gilmour en Comfortably numb.

Y soy de Brassai y sus fotos nocturnas de París, de Robert Frank con sus calles en eterno movimiento, de Richard Avedon y sus rostros cansados de una vida que a veces pesa demasiado. Soy del glamour de Leibovitz, del amor por la gente de Nachtwey y de los éxodos de Salgado.

Soy de aquí y de allá, de mil mundos entrelazados, de capas de dolor o de felicidad superpuestas por la historia. Soy de los relatos de antiguos sueños y de naufragios contemporáneos. Y me dan igual los himnos o las banderas cuando no sustentan libertades, pensamientos colectivos disidentes o utopías. Soy de donde quiera que sea el futuro, mi único dueño, mi único plan. Ser español tiene poco valor cuando no se quiere ser nada más. Recuérdalo.

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