Supremacismo, la palabra de moda

15. 19-5-18

Estimado, o no:

Supremacismo es la palabra de moda. Somos supremacistas y olé. Vayamos a la Wikipedia: “la supremacía blanca o supremacismo blanco es una ideología que sostiene que la etnia caucásica (definida ésta por elementos biológicos, culturales e incluso morales) es superior a otras etnias. Este término se usa para describir una ideología política que promueve el dominio social y político de los blancos. Se basa en el etnocentrismo y un deseo de hegemonía sobre los pueblos no-blancos”. Traducido al monotema que nos ocupa: un supremacista catalán sería aquella persona que cree que los catalanes son superiores y, por esa razón, quiere dominar social y políticamente a los que no lo son. Pues ya es raro cuando lo que queremos los independentistas es que la Delegación del Gobierno, la Delegación de Hacienda, los jueces prevaricadores, el Ejército, la Guardia Civil o la Policía Nacional dejen de tener influencia sobre nuestras vidas. Debe ser el supremacismo más raro de la Historia. Ojalá los supremacistas nazis hubiesen exigido la independencia de Polonia o de Francia y no les hubiesen invadido.

Yo no tengo ningún deseo de dominio o de hegemonía sobre un señor de Murcia que está bebiendo una cerveza en el bar mientras mira a Ana Rosa Quintana. Eso díselo al señor Inditex que pone un Zara en cada esquina para ruina del comercio local o al señor McDonald’s que llena de hamburguesas la panza de los murcianos mientras el señor Manolo, del bar Manolo, tiene que batirse el cobre cada día para dar servicio en su local frente al poder avasallador de las multinacionales.

Pero volvamos al tema: no hay culturas superiores, ni culturas inferiores. No hay orígenes superiores, ni orígenes inferiores. No hay identidades superiores, ni identidades inferiores. ¿Hay sociedades que funcionan moderadamente bien y sociedades fallidas? Sí, por supuesto. Mírate datos de paro juvenil, pobreza infantil, violencia de género, salario mínimo interprofesional, igualdad salarial o abandono escolar y tendrás unas pistas acerca de la importancia de construir una sociedad con garantías. Y sobre todo, lo que hay son sociedades multiculturales y multiidentitarias en las que estas culturas e identidades se sitúan como capas en un mismo tiempo y lugar. Lo que sucede es que cuando una capa enorme, poderosa, opaca y omnipresente oculta a las demás capas, es lógico que éstas reclamen su presencia. No es que el pez grande se coma al pequeño. Es que además le llama supremacista, victimista o todo a la vez. Lo que no deja de ser kafkiano.

Pero, ¿quieres saber lo que es supremacismo? Supremacismo es prohibir hablar en catalán, en euskera o en gallego en el Parlamento español porque el mensaje que estás enviando es que estas lenguas deben molestar lo menos posible, deben ser lenguas “locales”, un maravilloso eufemismo para decirte que, si quieres, y porque soy muy tolerante, la hables en tu casa pero ni se te ocurra tocarme los cojones porque para lengua útil está el castellano. Supremacismo es llamar dialecto al catalán, al euskera o al gallego. Es supremacismo y una total, absoluta e irrefutable ignorancia. Supremacismo es que ningún cantante de OT se haya atrevido a cantar en catalán, euskera o gallego por miedo a la polémica. Si eso no es castrar culturas en una televisión pública, ya no sé qué es. Supremacismo es que te llamen catalufo, que te digan “mira tu DNI” o pensar que una Catalunya independiente estaría perdida más allá del paraíso terrenal que es España, ombligo del mundo y referencia universal. Supremacismo es tener un Día de la Hispanidad. No sólo es supremacista, sino que es ridículo. Los peruanos, los argentinos, los bolivianos o los uruguayos no son españoles. Los peruanos, los argentinos, los bolivianos o los uruguayos son la mezcla de unas culturas antiquísimas (anteriores a la llegada de los españoles en el siglo XV) con la posterior influencia de estos, más el sincretismo cultural de lo que les dé la gana. Que porque medio mundo coma pizzas, no creo que se justifique un Día de la Italianidad y porque Colón viajara sin GPS tampoco se justifica el Día de la Hispanidad. Supremacismo es que Alfonso Guerra diga que ha cepillado tu Estatut. Supremacismo es sugerir que Catalunya no existía antes de la llegada de la inmigración de los 60. Supremacismo es querer españolizar a los niños catalanes como planteó todo un exministro de cultura (y españolización, al parecer). Supremacismo es que el rey te meta bronca el día en el que había mil heridos preguntándose todavía a qué venían las hostias de la policía cuando lo único que querían era votar. Supremacismo es que Jiménez Losantos manifieste públicamente su deseo de bombardear Barcelona y no le suceda absolutamente nada mientras dos raperos van a entrar en prisión. Supremacismo es que Inés Arrimadas diga que “es la hora de la gente normal” y sugiera que si no la votas eres subnormal, anormal, infranormal o paranormal. Supremacismo (en este caso de género) es que los jueces sugieran que una mujer violada no puede hacer nada más que esperar que pase rápido el momento porque, si se resiste puede ser asesinada, y si lo denuncia, puede ser violada tres veces: por el violador, por el juicio y por la opinión publicada.

¿Hay supremacismo en España? Pues sí, claro. Se expresa de maneras diferentes. A veces es más sutil y a veces más explícito. Lo curioso es cómo los ladrones acusan a los demás de robar y los supremacistas a los demás de serlo.

Yo no quiero tener sueños pequeñitos porque quien tiene sueños pequeñitos suele tener vidas pequeñitas. Quiero soñar en grande. Quiero vivir en una sociedad que no tenga la más mínima duda de la riqueza que supone la diversidad cultural y que encuentre lógica la discriminación positiva que garantiza, no la igualdad, sino la justicia. Que son dos cosas muy, pero que muy diferentes. No, los catalanes (independentistas o no) no somos superiores. Hacemos cosas raras como subirnos unos encima de otros y pegar con un palo a un tronco pero no somos superiores a nadie. Eso sí, nos gusta que se respete nuestro espacio y la posibilidad de no sentirnos identificados con determinadas identidades. Es el mercado, amigo.

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