El cielo de la boca. Los ataques a Gabriel Rufián

cielo boca

Estimado, o no:

Me gusta mucho Shakespeare. Adoro a Shakespeare. Si pudiera estar unos minutos con él, no sé si charlaría de libros o le daría un beso en los morros para agradecerle su obra. De hecho, tengo un póster del genio universal en el despacho que me compré en Stratford-upon-Avon. Estar en el interior de su casa o en la de su novia fue una experiencia friqui pero interesante. Uno sentía ganas de ponerse a escribir empleando alguna de esas mesas en las que Shakespeare empezó a soñar despierto con forma de palabras. Resultó una tarea totalmente infructuosa el hecho de intentar que se me pegara algo de su talento pero, al menos, pude constatar que hacer turismo literario tiene sus recompensas. Y es que cuando me siento delante del ordenador para escribir, le miro y me siento pequeño. Sin embargo, me inspira para poder expresarme sin resultar demasiado directo. Casi nunca lo logro pero… ahí estamos.

Shakespeare nunca diría “follar como locos puede tener un final chungo”. Él escribiría algo así como “el gozo violento tiene un fin violento y muere en su éxtasis como fuego y pólvora que, al unirse, estallan”, tal como se puede leer en Romeo y Julieta. Tampoco diría “estoy hasta el toto del poder” sino que su frase se parecería a “¡cuánto pesa esta corona!”, como sentenció Ricardo III. Y por supuesto, tampoco gritaría “catalufo supremacista” sino que, como en Julio César, diría: “¡la culpa, querido Brutus, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos que consentimos en ser inferiores!”. Adoro a Shakespeare y su manera de dar rodeos para no parecer de Tabarnia (anacronismo distópico).

Por esta razón me ha sorprendido lo del “cielo de la boca”, especialmente porque viene precedido de una pulsión violenta consistente en propinar una patada. No voy a entrar en la dificultad anatómica de dar una patada en el cielo de la boca, acto que sólo podría realizar un Playmobil emulando la chilena de Bale. Sin embargo, me dirijo a ti sorprendido por tu capacidad poética. ¿Qué será lo próximo? ¿Voy a poner urnas para que todo aquel que se apellide Rufián contemple el infinito estrellado tras recibir un golpe del alado Pegaso en el manto delicado de sus recipientes de esperma? Me has de prometer que escribirás más tuits como éste. Quién sabe, quizás en el futuro oleadas de turistas literarios visitarán tu casa y comprarán pósters con tu foto junto a la bandera para que les inspires en tuits llenos de odio pero también de verbo grácil y delicado. En fin, me voy azotado por la fuerza de Eolo, señor de los vientos, mientras busco Ítaca en medio del mundanal ruido tuitero. Me voy, allá donde San Pancracio olvidó su boina en sus errantes pasos de caminante. Me voy, estimado, o no, tocayo. Dos Alejandros son multitud cuando la luna grita nuestro nombre y hay tanto vacío en doscientos ochenta caracteres. Me voy, mientras me despido de Shakespeare y recuerdo su célebre frase: “son casi las once y me quiero comer un bocata”. Supongo que alguna vez diría algo parecido.

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