La maté porque era mía

13. 9-6-18

Estimado, o no:

Soy catalán y te escribo con tinta invisible desde una realidad intangible. ¿Me oyes en eco… eco… eco…? Soy un espíritu… itu… itu… Me pongo en contacto contigo para decirte que no me ves pero que existo… que vas de listo… listo… listo…

Pues eso, amigo, que no nos veas no significa que no existamos. Sería para algunos como el sexo gratis.

Los catalanes hacemos cosas, según afirmó ese gran pensador universal que fue Mariano Rajoy. Pagamos impuestos, recibimos hostias de la policía, somos los destinatarios de carencias ajenas y además tenemos el vicio de crear cultura. Dice la RAE que cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. Y también dice la RAE que aculturar es incorporar a un individuo o a un grupo humano elementos culturales de otro grupo. Es decir, cada uno de nosotros, pequeños ciudadanos desorientados y con tendencia a engordar, somos creadores de cultura. Además, otros individuos pueden incorporar elementos culturales nuestros o nosotros construir nuestra identidad a partir de la de ellos. De alguna manera, somos sincretistas culturales (no es una enfermedad, tranquilo). Podemos escuchar música anglosajona, comer sushi, vestir como los británicos, leer literatura francesa, aprender idiomas e, incluso, tener hijos y pagar una hipoteca con una persona que haya nacido a cinco mil kilómetros de nuestro egocentrismo.

Lo curioso de todo esto es que la presencia de un restaurante japonés en un pueblo de Salamanca sea vista como una interesante muestra de la globalización cultural y, en cambio, la incorporación de la cultura catalana en determinadas mentes, muy españolas y mucho españolas, se perciba como un intento de agresión en la indisoluble unidad de la nación española, origen y final del mundo mundial. Es como un “no me distraigas que estoy pensando en si Javier Cercas escribe literatura catalana o española o si en Isabel Coixet hace cine catalán o cine español. Ah, vale, hacen literatura española y cine español porque la cultura catalana no existe, sólo la española, muy española y mucho española”. Y así estamos.

Tenim una llengua, una història, pintura, música, literatura, gastronomia, cultura popular, tradicions, desenvolupament científic, teixit industrial però no tenim la possibilitat d’afirmar que gaudim d’una cultura pròpia perquè el peix gran es menja al petit. Si afirmar que la cultura catalana no existeix, no és supremacisme, ja no sé què ho pot ser.

Y claro, ahí están personas como Inés Arrimadas, dispuesta a hacer el posado anual vestida de flamenca en la Feria de Abril de Barcelona, pero a la que jamás hemos visto promocionando un montaje del Teatre Lliure, bailando en un concierto de Txarango o asistiendo a una exhibición castellera. Eso sí, la hemos visto con unos morros hasta el suelo cada vez que suena Els Segadors. Se trata, supongo, de convertir la cultura catalana en un efecto óptico bajo la potente maquinaria lumínica de la española. Y así, poco a poco, prohibiendo hablar en catalán en el Parlamento español, cuestionando el modelo lingüístico de la escuela catalana o quejándose de la rotulación de los comercios, lograr que los catalanes y lo que hacemos se perciba en eco… eco… eco… Como en una peli mala de espíritus… itus… itus…

Pues sí, amigo, la cultura catalana existe. Millones de turistas extranjeros la perciben anualmente. Y flipan con la Sagrada Familia, y visitan el Museo del Barça, y prueban el pa amb tomaquet, y se pasean el día de Sant Jordi entre libros, y se regalan rosas, y beben de la Font de Canaletes… Vienen de muy lejos para vivir estas experiencias y las aprecian. Y es aquí donde está la contradicción del nacionalismo español: odiar lo que se niega y, al mismo tiempo, añadirle credenciales de posesión. La maté porque era mía.

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