¡Qué pesada eres, Inés!

inéspesada

Estimada, o no, Inés:

La política tiene su origen en el mismo ser humano y en su proceso de socialización. Somos seres sociales (unos más que otros, eso sí. Depende, por ejemplo, del grado de alcohol en sangre y de si estás en la fase “cantos regionales”, “exaltación de la amistad” o “me has mirado mal”). En mayor o menor medida tenemos la necesidad de vivir en compañía de otros. Eso lo puedes observar en los paquetes de carne de los supermercados con su medio kilo de ternera como ración más pequeña. Y es que nadie piensa en los solteros, excepto los fabricantes de congeladores y los proveedores de porno. No mezcles ambos conceptos.

Incluso en la época de las cavernas (no me refiero a Intereconomía) nuestros antecesores vivían en grupo. No tenían Twitter y los enfados se reducían a “quita de ahí”, “ése es mi trozo de carne” o “sal de la cueva si tienes gases, so guarro”.

El albor de sociedad que existió fue la familia, que no necesariamente tenía una conformación de un padre, una madre, unos hijos, amantes, suegros criticones y conexión a Netflix. De todas maneras se convirtió en el núcleo de la sociedad. Es entonces cuando nació la necesidad de líderes que dirigiesen y organizasen a los demás. Es decir, de un gobierno. Poco a poco las familias formaron tribus y después aparecieron linajes, dinastías y el cobrador del frac (bueno… eso fue más tarde).

Hace unos 9.000 años se crearon las primeras ciudades (pide una cita con Jordi Hurtado por si quieres más información sobre esa época). Con el paso del tiempo las dinastías se convirtieron en monarquías. En ellas había un rey, una corte y súbditos que pagaban tributos al rey. Llámalo tonto al rey. Y nacieron los Estados. Algunos se expandieron en plan Starbucks o McDonald’s y fundaron imperios.

Después llegaron los griegos y dijeron: ¿qué tal si los ciudadanos eligen un consejo para que gobierne? Y nació la democracia. Años más tarde llegó un señor con aspecto de enano de jardín que dijo “es el vecino el que elige el alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. Un desastre para las clases de filosofía política del futuro.

Pues bien, Inés, la democracia es una especie de espacio mental colectivo en el que unas personas que creen que pueden aportar mejoras sociales se autoproponen para realizarlas y otras personas las eligen, o no, como promotoras de esos intereses colectivos. Al final, no deja de ser un mercado: alguien oferta algo y alguien compra algo. Lo que sucede es que hay dos formas de hacer política: por afirmación personal o por oposición personal. Es decir, yo puedo construir mi identidad en positivo a partir de referencias de mi entorno o de la historia del pensamiento, de la creación y del progreso humano, o puedo construir mi identidad en negativo. Esto significa afirmarme ante el mundo por oposición a otro, por el rechazo que me causa, por no querer ser de aquella manera o por razones freudianas que se escapan a mi capacidad de conocimiento. Y esto me lleva a una pregunta inocente: ¿se te ha pasado alguna vez por la cabeza realizar un discurso en positivo? Martin Luther King dijo “I have a dream”. No dijo: “hey, you: white man motherfucker”.

La política española se ha convertido en un “vótame para no ser como ese tipo que es un supremacista, nazi, paleto, xenófobo. Vótame porque soy de centro. Ni chicha, ni limoná. De centro. Ay, qué desastre, qué mal todo”. Pues eso, Inés, me encantaría escuchar qué maravilloso proyecto innovador, ilusionante, creativo y moderno tienes para Catalunya. Porque lo tienes, ¿no? Me espero sentado, por si acaso. Tranquila, si tengo gases ya saldré fuera.

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